La Trampa Moralista Evangélica


IMG_2661Como protestantes o quizás más como evangélicos, siempre hemos escuchado y afirmado que “no somos salvos por obras”, sino por gracia.  Esta afirmación es resultado del trabajo de los reformadores a través de la historia y es la que nos ayuda a comunicar el Evangelio a otros.  Sin embargo, aunque damos un sí intelectual a esta afirmación, en la práctica nuestra cultura evangélica no ha dejado de buscar la justificación a través de las obras y la perfección moral.

Una gran prueba de ello es la imagen que ilustra este artículo.  Hemos leído y escuchado esto en todas las iteraciones posibles y quizás alguien la usó para llamarnos la atención o nosotros la usamos para llamar la atención a alguien.  Nuestra cultura la usa también como parte de su ataque y expresión de desconfianza hacia los evangélicos.  Gracias a la exposición mediática de un tipo particular de evangelicalismo, hemos creado a nuestro alrededor un aura de ser santurrones hipócritas que solo se la pasan en la iglesia pero que no traducen su fe en hechos concretos al mundo.

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Algunas de las distorsiones moralistas del Evangelio.

Hemos mordido el anzuelo y caído en la trampa del moralismo.  El moralismo es una distorsión del Evangelio que nos atrae por la oferta de la gracia incondicional de Dios pero una vez “aceptamos”, se nos entrega una lista principalmente de prohibiciones y de obligaciones de lo que, de acuerdo a la iglesia donde vayamos, significa ser un “buen” cristiano.  El proceso que antes era de discipulado (la instrucción en la doctrina, la fe y el acompañamiento a través de los distintos procesos de vida que cada uno de nosotros atraviesa), ahora se convierte en uno donde se deben cumplir las normas comunitarias -muchas no prescritas en la Biblia y que reflejan las preferencias personales del liderazgo- que pasan a definir nuestra posición (y acceso a determinados “privilegios”) dentro de la comunidad.

Hemos tomado versículos como Santiago 2:14-25 y hemos exigido sólo las buenas obras, sin recordar la fe que debe anteceder esas obras y que debe ser correctamente formada, instruida y cultivada bajo la dirección del Espíritu Santo, dentro de la comunidad de la iglesia.  Recordemos que aún las buenas obras que podamos hacer son un regalo de la gracia de Dios:

Dios los salvó por su gracia cuando creyeron. Ustedes no tienen ningún mérito en eso; es un regalo de Dios. La salvación no es un premio por las cosas buenas que hayamos hecho, así que ninguno de nosotros puede jactarse de ser salvo. Pues somos la obra maestra de Dios. Él nos creó de nuevo en Cristo Jesús, a fin de que hagamos las cosas buenas que preparó para nosotros tiempo atrás. (Efesios 2:8-10, NTV)

Hemos tomado las historias de la Biblia y hemos caído en el error de aislarlas en silos separados del hilo conductor del Evangelio y su culminación y cumplimiento completo en Jesús.  No olvidemos la exhortación del autor de Hebreos:

“El punto principal es el siguiente: tenemos un Sumo Sacerdote quien se sentó en el lugar de honor, a la derecha del trono del Dios majestuoso en el cielo. Allí sirve como ministro en el tabernáculo del cielo, el verdadero lugar de adoración construido por el Señor y no por manos humanas.
Ya que es deber de todo sumo sacerdote presentar ofrendas y sacrificios, nuestro Sumo Sacerdote también tiene que presentar una ofrenda. 4Si estuviera aquí en la tierra, ni siquiera sería sacerdote, porque ya hay sacerdotes que presentan las ofrendas que exige la ley. Ellos sirven dentro de un sistema de adoración que es solo una copia, una sombra del verdadero, que está en el cielo. Pues cuando Moisés estaba por construir el tabernáculo, Dios le advirtió lo siguiente: «Asegúrate de hacer todo según el modelo que te mostré aquí en la montaña»
Pero ahora a Jesús, nuestro Sumo Sacerdote, se le ha dado un ministerio que es muy superior al sacerdocio antiguo porque él es mediador a nuestro favor de un mejor pacto con Dios basado en promesas mejores.
Si el primer pacto no hubiera tenido defectos, no habría sido necesario reemplazarlo con un segundo pacto.” (Hebreos 8:1-7, NTV)
Hemos visto las pulseras y la pregunta de “¿Qué haría Jesús?” (What would Jesus do?) -quizás sin haber leído el libro “En Sus Pasos” de Charles Sheldon-, y tomando el texto de 1 Pedro 2:18-25, reducimos a Jesús únicamente a ser nuestro “ejemplo a seguir”, sin caer en cuenta que para poder hacerlo, necesitamos primero que nos rescate, nos de nueva vida y nos resucite de la muerte espiritual gracias a Su sacrificio en la Cruz (Colosenses 3:1-17, NTV).  Cuando entendemos esto, la pregunta cambia.  Ya no buscamos especular tanto con ¿qué haría Jesús?, sino empezaríamos a enfocarnos en lo central y más importante: ¿Qué hizo Jesús?
El moralismo es la trampa que nos hace creer que es posible ser “más” o “menos” cristianos en función de nuestras acciones. Es un atentando en contra de nuestra fe y confianza en la suficiencia de la Cruz. Guardemos nuestro corazón de eso. Es la fe en Jesús y la suficiencia de Su obra la que nos libera para mejorar cada día, realizar buenas acciones y evitar el pecado, todo por Su gracia y en respuesta al gran amor y perdón recibido.
Que el Señor guíe nuestros corazones y nos ayude a levantar al caído, a restaurar al pecador y a que con nuestros hermanos y hermanas en Cristo caminemos lado al lado el camino de la vida confiados en que el Señor mismo camina con nosotros, nos sostiene por Su gracia, no nos deja y jamás nos desamparará.
No olvidemos Sus promesas:
“Ahora, que el Dios de paz los haga santos en todos los aspectos, y que todo su espíritu, alma y cuerpo se mantenga sin culpa hasta que nuestro Señor Jesucristo vuelva. Dios hará que esto suceda, porque aquel que los llama es fiel.” (1 Tesalonicenses 5:23-24, NTV)
“Y ahora, que toda la gloria sea para Dios, quien es poderoso para evitar que caigan, y para llevarlos sin mancha y con gran alegría a su gloriosa presenciaQue toda la gloria sea para él, quien es el único Dios, nuestro Salvador por medio de Jesucristo nuestro Señor. ¡Toda la gloria, la majestad, el poder y la autoridad le pertenecen a él desde antes de todos los tiempos, en el presente y por toda la eternidad! Amén.” (Judas 24-25, NTV)
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El Perturbador Legado de Charles Finney (parte 5 y final)


(Quinta y última parte de mi traducción del artículo “The Disturbing Legacy of Charles Finney” por Michael Horton, disponible completo en inglés aquí)

downloadComo lo resaltó el teólogo de la universidad de Princeton B.B. Warfield de manera tan elocuente, a través de la historia únicamente han existido dos religiones: el paganismo, de la cual el pelagianismo es una expresión, y la redención sobrenatural.

Junto con Warfield y aquellos quienes seriamente advirtieron a sus hermanos y hermanas de estos errores encontrados en Finney y sus sucesores, hemos de caer en cuenta con la salvaje heterodoxia dentro del protestantismo en Estados Unidos.  Con profundas raíces en el movimiento de avivamientos de Finney quizás el evangelicalismo y el protestantismo liberal no estén tan lejos uno del otro.  Sus “Nuevas Medidas” , así como el movimiento de Iglecrecimiento, colocaban al centro del ministerio eclesiástico las elecciones y emociones humanas, ridiculizaban la teología y reemplazaron la predicación acerca de Cristo por la predicación acerca de la conversión.

Las cruzadas sociales y políticas cristianas están fundamentadas sobre el moralismo naturalístico de Finney y sobre esa base colocan su fe en la humanidad y sus propios recursos para auto salvarse.  Con un lenguaje bastante deísta Finney declaraba, “No hay nada en la religión más allá de los poderes ordinarios de la naturaleza.  La religión consiste enteramente en el correcto ejercicio de los poderes de la naturaleza. Es únicamente esto y nada más.  Cuando la humanidad se hace verdaderamente religiosa, no se les factulta el poder realizar esfuerzos que antes les eran imposibles.  Únicamente realizan los esfuerzos que podían realizar antes pero de una manera diferente y ahora para la gloria de Dios.” Dado entonces que el nuevo nacimiento es un fenómeno natural para Finney, lo mismo se puede decir de los avivamientos: “Un avivamiento no es un milagro ni depende de uno en ningún sentido.  Es meramente un resultado filosófico del uso correcto de los medios constituidos, de la misma forma que cualquier otro efecto producido por la aplicación de los medios apropiados.”

Para Finney la creencia de que el nuevo nacimiento y el avivamiento dependen de la actividad divina es perniciosa: “Ninguna doctrina es más peligrosa que esta para la prosperidad de la Iglesia…y ninguna más absurda.” 

Cuando los líderes del movimiento de Iglecrecimiento afirman que la teología es un obstáculo para crecer e insisten que en realidad no es importante lo que una iglesia crea dado que el crecimiento es una función de la aplicación de los principios adecuados, están demostrando lo que han heredado de Finney.

Cuando los líderes del movimiento Vineyard reconocen manifestaciones como ladrar, rugir, gritar, reírse u otro tipo de fenómenos extraños sobre la base de que “funcionan” y que la verdad debe ser juzgada en base a su fruto, también están siguiendo a Finney así como al padre del pragmatismo estadounidense, William James, quien declaró que la verdad debe ser juzgada sobre la base de “su valor en la moneda de las experiencias vividas”.

Es así, entonces, que dentro de la teología de Finney, Dios no es soberano, el hombre no es pecador por naturaleza, la propiciación no es un verdadero pago por el pecado, la idea de ser justificados a través de la imputación es un insulto a la razón y la moral, el nuevo nacimiento es el resultado de la aplicación de técnicas probadas y un avivamiento es el resultado natural de una buena campaña.  En la introducción de la edición conmemorativa al 200 aniversario de la Teología Sistemática de Finney, Harry Conn aplaude el pragmatismo de Finney: “Muchos siervos de nuestro Señor deben buscar diligentemente un evangelio “qué funcione” y estoy muy feliz de afirmar que podrán encontrarlo en este libro.”

Tal como lo ha documentado cuidadosamente Whitney R. Cross , el territorio que Finney cubrió con sus avivamientos con mayor frecuencia fue también la cuna de muchas de las sectas perfeccionísticas que plagaron el siglo XIX.  Un evangelio “qué funciona” para perfeccionistas celosos en un momento, pronto se convertirá en desilusión para “súper santos” quemados y cansados.  Esto sin decir que el mensaje de Finney es radicalmente distinto a la fe evangélica, rasgo que comparten hoy la orientación de los movimientos que han sido marcados por su pensamiento: el movimiento de Iglecrecimiento, el perfeccionismo y emocionalismo pentecostal o el triunfalismo político sustentado en el ideal de un “Estados Unidos cristiano”, e incluso las tendencias anti-intelectuales y anti-doctrinales de muchos evangélicos y fundamentalistas en Estados Unidos.

Finney no solamente abandonó la doctrina de la justificación -convirtiéndolo un rebelde en contra de la fe evangélica-, él también repudió doctrinas como el pecado original y la propiciación sustitutiva, doctrinas que han sido abrazadas tanto por católicos romanos como por protestantes.  Por consiguiente, Finney no solamente es un arminiano, sino un pelagiano.  Él no es solamente un enemigo del protestantismo, sino de todo el cristianismo histórico en el más amplio sentido de la palabra.

En algo podemos estar de acuerdo con Finney: el Evangelio sostenido por los reformadores a quienes él atacaba directamente, Evangelio que es sostenido por todos los evangélicos, es “otro evangelio” totalmente distinto al proclamado por Finney.  La pregunta para nosotros hoy es: ¿de qué lado estaremos?

 

 

El Perturbador Legado de Charles Finney (parte 4)


(Cuarta parte de mi traducción del artículo “The Disturbing Legacy of Charles Finney” por Michael Horton, disponible completo en inglés aquí.)

Distorsionando la Doctrina Cardinal de la Justificación

Charles_g_finney.jpgLos reformadores insistían, sobre la base de textos bíblicos claros, que la justificación (que en griego significa “declarar justo” y no “hacer justo”) era un veredicto forense (o sea, legal).  En otras palabras, a pesar de que la iglesia de Roma sostenía que la justificación era el proceso a través del cual una mala persona iba mejorando, los reformadores argumentaban que esta era una declaración o pronunciamiento que se basaba en la justicia de alguien más (o sea, la de Cristo).  La visión reformada de la justificación es, por ende, un veredicto válido una vez y para siempre.

Esta declaración debe ser pronunciada al inicio de la vida cristiana, no en medio y tampoco al final.  Las palabras claves de la doctrina evangélica son “forense” (legal) e “imputación” (el acreditar a nuestra cuenta, en lugar de la idea de la “infusión” de justicia en nuestra alma).  A pesar de que él conocía todo esto, Finney declara: “Pensar que los pecadores pueden ser declarados justos de manera forense es imposible y absurdo…Como veremos, hay muchas condiciones, aunque una sola base, para la justificación de los pecadores…Como ha sido dicho antes, no puede haber justificación en un sentido legal o forense, sino sobre la base de una obediencia universal, perfecta y continua de la ley.   Esto es, por supuesto, negado por aquellos que sostienen una justificación evangélica, o la justificación de pecadores penitentes, que es de naturaleza forense o judicial. Ellos sostienen la máxima de que lo que un hombre hace por otro, lo hace él mismo, y entonces consideran la obediencia de Cristo como nuestra, sobre la base de que Él obedeció por nosotros.”

A esto, Finney responde: “La doctrina de la justicia imputada, o de que la obediencia a la ley de Cristo nos fue acreditada como propia, está fundada en los más falsos supuestos carentes de todo sentido.”  Después de todo, la justicia de Cristo “no puede hacer más que justificarle a Él mismo.  No puede jamás ser imputada a nosotros…es naturalmente imposible para Él obedecer en nuestro lugar.” Esta “representación de la propiciación como la base para la justificación del pecador ha sido una triste piedra de tropiezo para muchos.”

La visión de que la fe es la única condición para la justificación es para Finney, la visión del antinomianismo“Veremos que la perseverancia en la obediencia hasta el final de la vida es también una condición de la justificación.  Algunos teólogos han hecho de la justificación una condición de la santificación, en lugar de hacer la santificación una condición de la justificación.  Pero veremos que esta es una manera equivocada de ver el tema.”

(Continuará….)

El Perturbador Legado de Charles Finney (parte 3)


(Tercera parte de mi traducción del artículo “The Disturbing Legacy of Charles Finney” de Michael Horton disponible aquí en inglés completo.)

¿Cuál era la teología de Charles Finney?

978987557115Sin ir más allá del índice de su Teología Sistemática es evidente que toda la teología de Finney giraba alrededor de la moralidad humana.  Los capítulos 1 al 5 tratan acerca del la ley moral, el gobierno moral, el fundamento de la obligación moral, y la unidad de la acción moral; los capítulos 6 y 7 tratan acerca de la obediencia completa y la obediencia a la ley moral, mientras que los capítulos 8 al 14 tratan con los atributos del amor, con el egoísmo y otras virtudes y vicios en general.  Hasta el capítulo 21, acerca de la propiciación, es que empezamos a ver algo particularmente cristiano.  Hay un capítulo acerca de la justificación, seguido por seis acerca de la santificación.  En otras palabras, Finney realmente no escribió una teología sistemática sino una colección de ensayos sobre ética.

Esto no significa, sin embargo, que Finney no presente algunas afirmaciones significativas acerca de teología.

Para empezar, en respuesta a la pregunta, “¿Deja un cristiano de ser cristiano cada vez que comete un pecado?”, Finney responde:

“Cada vez que peca, debe, para mientras, dejar de ser santo.  Esto es auto evidente.  Cada vez que peca, debe ser condenado; debe incurrir el castigo de la ley de Dios…Si se dice que el precepto es aún vinculante a él, pero que en al respecto del cristiano, el castigo está por siembre hecho a un lado, o abrogado, yo respondo que el abrogar el castigo es rechazar el precepto dado que un precepto sin castigo deja de ser ley.  Se convierte únicamente en consejo.  El cristiano, por ende, no está justificado hasta que obedezca, y debe ser condenado cuando el desobedezca o el antinomianismo será cierto…en este respecto, entonces, el cristiano que peca y el pecador no convertido están precisamente en el mismo lugar.” 

Finney creía que Dios demanda la perfección absoluta pero en lugar de que eso le llevara a buscar su rectitud perfecta en Cristo, el concluyó que “…la obediencia perfecta en el presente es una condición para la justificación.  Pero luego, a la pregunta, ¿puede un hombre ser justificado mientras el pecado permanezca en él? Ciertamente no podrá serlo ni por principios legales ni por los principios del evangelio, a menos que la ley sea repelida…Pero, ¿podrá ser perdonado y aceptado y justificad -en el sentido evangélico- mientras el pecado en cualquier dimensión, permanezca en él? Definitivamente no.”

Finney declara acerca de la fórmula reformada simul iustus et peccator (“al mismo tiempo justo y pecador”) lo siguiente: “Este error ha matado más almas, temo, que todo el universalismo que jamás haya maldecido al mundo.”  Esto es porque “Cada vez que un cristiano peca, cae bajo condenación, y debe arrepentirse y hacer sus primeras obras, o perderse.” 

La doctrina de la justificación de Finney descansa sobre la negación de la doctrina del pecado original.  Esta doctrina, sostenida tanto por Católicos Romanos como por Protestates, insiste que todos hemos nacido heredando la culpa y corrupción de Adán.  Estamos, entonces, esclavizados a una naturaleza pecadora.  Como se dice popularmente, “Pecamos porque somos pecadores”“: nuestra condición de pecado determina las acciones pecaminosas, no funciona al revés.  Sin embargo Finney seguía a Pelagio, el hereje del siglo V , quien fue condenado por más concilios eclesiásticos que cualquier otra persona en la historia dada su negación de esta doctrina.

Finney creía que los seres humanos eran capaces de elegir si querían ser corruptos por naturaleza o redimidos a la vez que se refería al pecado original como un “dogma no bíblico y que carece de todo sentido”.  En términos muy claros, Finney negaba la noción de que los seres humanos poseen una naturaleza pecaminosa.  Por ende, si Adán nos guía al pecado, no es porque heredamos su culpa o corrupción, sino porque seguimos su mal ejemplo y por ende, aprendemos a ver a Cristo -el Segundo Adán- como alguien que nos salva a través del ejemplo.  Esta es justo la trayectoria que sigue Finney a la hora de explicar la propiciación.

De acuerdo a Finney, lo primero que hemos de notar acerca de la propiciación es que Cristo no podría haber muerto por los pecados de nadie más que los propios.  Su obediencia a la ley y su justifica perfecta eran suficientes para salvarlo, pero legalmente esta justicia y obediencia no podían ser imputadas a favor de otros.  Aquí es donde es evidente la pasión por la mejoría moral que mueve toda la teología de Finney: “Si Él [Cristo] hubiese obedecido la Ley como nuestro sustituto, ¿por qué entonces nuestro propio retorno a la obediencia personal habría de ser considerada una condición sine qua non para nuestra salvación?” En otras palabras, ¿por qué insistiría Dios en que hemos de salvarnos nosotros mismos a través de nuestra obediencia si la obra de Cristo fue suficiente?  El lector debe traer a la memoria las palabras de San Pablo al respecto de esto: “Yo no tomo la gracia de Dios como algo sin sentido. Pues, si cumplir la ley pudiera hacernos justos ante Dios, entonces no habría sido necesario que Cristo muriera.” (Gálatas 2:21, NTV)  Parecería ser que la respuesta de Finney es una de asentimiento, sin embargo, Finney marca la diferencia al no tener problema ninguno con creer ambas premisas.

Ahora, hemos de reconocer que Finney sí creía que Cristo murió por algo -no por alguien, sino por algo.  En otras palabras, Él murió por un propósito, pero no por las personas.  El propósito de esa muerte era reafirmar el gobierno moral de Dios y llevarnos a la vida eterna a través de Su ejemplo, de la misma forma en que el ejemplo de Adán nos llevó a pecar.  ¿Por qué murió Cristo?   Dios sabía que “la propiciación le presentaría a las criaturas las más altas motivaciones para a virtud.  El ejemplo es la influencia moral más alta que puede ejercerse…Si la benevolencia mostrada en la propiciación no subyuga el egoísmo de los pecadores, estos no tendrán esperanza.”  Es así, entonces, que nos convertimos no en los pecadores inútiles que necesitan ser redimidos, sino en los pecadores descarriados que necesitan una demostración de entrega tan conmovedora que nos movería a dejar de ser egoístas.  Y no es que Finney solamente creyera que la teoría de “influencia moral” en la propiciación era la principal manera de entender la Cruz; el explícitamente negó la propiciación sustitutiva que “asume que la propciación fue un pago literal de una deuda, que hemos visto ya que no es consistente con la naturaleza de la propiciación…Es cierto decir que la propiciación, en sí misma, no asegura la salvación de nadie.”

Esto deja pendiente la manera en que se aplica la redención. Al sacudirse de encima la ortodoxia reformada, Finney argumentaba agresivamente en contra de que el nuevo nacimiento es un regalo divino, insistiendo que “la regeneración consiste en el pecador cambiar su elección, intención y preferencia final; o en cambiar del egoísmo al amor y benevolencia”, movido por la influencia moral de del conmovedor ejemplo de Cristo.  “El pecado original, la regeneración física y todas las demás doctrinas de ese orden y sus resultantes dogmas son todas subversivas en contra del Evangelio y repulsivas a la inteligencia humana.”

Teniendo nada que ver con el pecado original, la propiciación sustitutiva, y el carácter sobrenatural del nuevo nacimiento, Finney procede a atacar “el artículo por medio del cual la Iglesia se sostiene o se cae” , la justificación únicamente por la gracia (Sola Gratia), únicamente a través de la fe (Sola Fide).

Continuará….

Gratitud = Paz


feliz-accion-de-gracias-agradecimiento.jpg¡Feliz Día de Acción de Gracias!  Este ha sido mi día favorito del año desde que tengo memoria.  A pesar de no haber nacido en Estados Unidos, por circunstancias de experiencias de vida familiar y personal, siempre hemos observado este día con mi familia desde que tengo memoria.

Ayer en el servicio de Thanksgiving en mi iglesia (Union Church of Guatemala), mi hija leyó el siguiente pasaje:

“Estén siempre llenos de alegría en el Señor. Lo repito, ¡alégrense! Que todo el mundo vea que son considerados en todo lo que hacen. Recuerden que el Señor vuelve pronto.
No se preocupen por nada; en cambio, oren por todo. Díganle a Dios lo que necesitan y denle gracias por todo lo que él ha hecho. Así experimentarán la paz de Dios, que supera todo lo que podemos entender. La paz de Dios cuidará su corazón y su mente mientras vivan en Cristo Jesús. (Filipenses 4:4-7, NTV)
En contexto, Pablo le escribe a sus amigos en Filipos para que colaboren juntos en resolver algunas disputas personales dentro de la iglesia y a partir de allí construyan una cultura de vida sustentada en el gozo y la gratitud y en la esperanza certera del regreso de Jesús.
El fruto de esa nueva forma de vivir traerá de vuelta la verdadera paz que tanto anhelamos.  La gratitud en nosotros hacia Dios produce en nosotros cambios internos que re-orientan nuestra forma de ver la vida:
  1. Nos recuerda nuestro lugar en el universo y que no somos el centro del mismo.  Nos hace humildes.
  2. Eleva nuestra mirada al cielo y la coloca en Dios.  Reconoce que todo, todo, todo lo que somos, hacemos y tenemos (y lo que no también) son parte del plan misericordioso, amoroso y providencial de Dios diseñado para nuestra santificación y nuestro gozo.
  3. El fruto de la humildad y de colocar la mirada en Quien tiene todo bajo Su buen gobierno, control y soberanía nos producirá paz.  Pero no una paz como simple ausencia de conflicto.  La paz que viene de Dios es la que trae la certeza de la fe, la certeza de que estando todo bajo Su control, eventualmente todo será para bien.

Por esto es que el apóstol Pedro nos recordaba:

“Así que humíllense ante el gran poder de Dios y, a su debido tiempo, él los levantará con honor. Pongan todas sus preocupaciones y ansiedades en las manos de Dios, porque él cuida de ustedes.
¡Estén alerta! Cuídense de su gran enemigo, el diablo, porque anda al acecho como un león rugiente, buscando a quién devorar. Manténganse firmes contra él y sean fuertes en su fe. Recuerden que su familia de creyentes en todo el mundo también está pasando por el mismo sufrimiento.
En su bondad, Dios los llamó a ustedes a que participen de su gloria eterna por medio de Cristo Jesús. Entonces, después de que hayan sufrido un poco de tiempo, él los restaurará, los sostendrá, los fortalecerá y los afirmará sobre un fundamento sólido¡A él sea todo el poder para siempre! Amén.” (1 Pedro 5:6-11, NTV)
Cuando leo estas Escrituras solo puedo agradecer a Dios por Su misericordia.  Ciertamente Él ha sido bueno conmigo y con mi familia.  Estos Salmos son los que más motivos de gratitud me dan hoy:
El Señor es bueno y hace lo correcto;
les muestra el buen camino a los que andan descarriados. (Salmo 25:8, NTV)
¡Te damos gracias, oh Dios!
Te damos gracias porque estás cerca;
por todas partes, la gente habla de tus hechos maravillosos. (Salmo 75:1, NTV)
La redención no se consigue tan fácilmente, pues nadie podrá jamás pagar lo suficiente como para vivir para siempre y nunca ver la tumba. Pero en mi caso, Dios redimirá mi vida; me arrebatará del poder de la tumba. (Salmo 49:8-9 y 15, NTV)
Que este Día de Acción de Gracias, sea como cada quién lo observe -o no- sea un día en que con corazón humilde doblemos rodilla en gratitud a Dios por Su gran salvación, por Su gran amor, misericordia y paciencia.  Que esa gratitud nos llene de esperanza en la vida eterna que Dios tiene para nosotros y aguardemos con anticipación el regreso de Jesús.  Con nuestros corazones llenos de esta esperanza centrada en el Evangelio, confiemos en que Dios traerá a nuestras vidas la paz que tanto necesitamos y anhelamos.

El Perturbador Legado de Charles Finney (parte 2)


(segunda parte de mi traducción del artículo de Michael Horton “The Disturbing Legacy of Charles Finney” disponible completo en inglés aquí)

¿Quién es Charles Finney?

ifinney001p1Como reacción en contra de la influencia calvinista del Gran Despertar, los sucesores de ese gran movimiento del Espíritu de Dios se volvieron de Dios hacia los humanos, pasaron de predicar el contenido objetivo de Cristo y Su Cruz a hacer un énfasis en que las personas “tomaran una decisión”.

Charles Finney (1792-1875) ministro en los albores del “Segundo Gran Despertar”.  De cuna presbiteriana, Finney un día experimentó un “poderoso bautismo del Espíritu Santo” que “como una ola de electricidad atravesándome continuamente….parecía fluir como olas de amor líquido”.  La siguiente mañana, Finney le informó a su primer cliente del día (era abogado) que “he sido contratado por el Señor Jesucristo para argumentar en favor de Su causa y no podré continuar con la suya”.  Se rehusó a inscribirse al seminario teológico de la Universidad de Princeton (o de cualquier otra universidad) y comenzó a organizar avivamientos en el estado de Nueva York.  Uno de sus sermones más famosos llevaba el título de “Los pecadores deben cambiar sus propios corazones”.

La única pregunta que Finney se hacía acerca de cada enseñanza suya era: “¿Podré convertir a los pecadores con esto?” El resultado de este enfoque a los avivamientos de Finney fue la división entre los presbiterianos de Nueva York y los de Filadelfia en bandos calvinistas y arminianos.  Sus “Nuevas Medidas” incluían la “banca ansiosa” (precursora al llamado al altar contemporáneo), tácticas emocionales que llevaban a sollozar o al desmayo a las personas y otro tipo de “manifestaciones”, llamadas así por Finney y sus seguidores.

Continuará…..

El Perturbador Legado de Charles Finney (parte 1)


(Artículo originalmente escrito por Michael Horton, disponible completo en inglés aquí.)

Ningún hombre por sí solo es más responsable por la distorsión de la verdad cristiana en nuestra era que Charles Grandison Finney.  Sus “nuevas medidas” crearon un marco de referencia para la teología “decisionista” moderna y e movimiento evangélico de avivamientos.  En este excelente artículo, el Dr. Mike Horton explica como Charles Finney distorsionó la importante doctrina de la salvación.

downloadJerry Falwell lo llama “uno de mis héroes y un héroe para muchos evangélicos, incluyendo Billy Graham.”  Recuerdo hace algunos años caminar dentro del Billy Graham Center y observar allí el lugar de honor dado a Charles Finney dentro de la tradición evangélica.  Allí recordé la primera clase de teología que recibí en una universidad cristiana en donde la lectura de las obras de Finney era requerida.  Este predicador de Nueva York era el campeón de la fe más citado y celebrado por el cantante cristiano Keith Green y la organización Juventud con una Misión.  Él es particularmente estimado dentro de los líderes tanto de la derecha como de la izquierda cristiana, por ambos Jerry Falwell y Jim Wallis (de la revista Sojourners), y su huella aparece en movimientos muy diversos pero que al final, resultan siendo simples herederos del legado de Finney.  Desde el movimiento Vineyard y el movimiento de Iglecrecimiento, a las cruzadas políticas y sociales, el tele-evangelismo y el movimiento de Promise Keepers….¡Finney aún vive!

Finney aún vive porque su impulso moralista miraba una iglesia que fuese en gran medida una agencia de reforma personal y social en lugar de ser la institución en donde los medios de la gracia -la Palabra y el Sacramento- fueran hechos disponibles a los creyentes que luego llevarían el Evangelio al mundo.  En el siglo 19, el movimiento evangélico comenzó a identificarse con causas políticas -desde la abolición de la esclavitud y la legislación del trabajo infantil, hasta los derechos de las mujeres y la prohibición del alcohol.  En un esfuerzo desesperado por recuperar el poder institucional y la gloria de un “Estados Unidos cristiano” (una poderosa visión en el imaginario, pero, luego de la desintegración de la Nueva Inglaterra puritana, algo ilusa), el “establishment” protestante de inicios de siglo XX lanzó campañas morales para “americanizar” a los inmigrantes, y a obligar la formación moral y de carácter en las escuelas.  Los evangelistas ofrecían este evangelio americano en términos de su utilidad práctica para el individuo y la nación.

Esta es la razón por la cual Finney era tan popular.  Él es el punto de inflexión más visible en el cambio de la ortodoxia de la Reforma, evidente en el Gran Despertar (bajo Jonathan Edwards y George Whitefield) a un arminianismo (e incluso pelagianismo) sustentado en avivamientos evidentes en el Segundo Gran Despertar hasta nuestros días.  Para demostrar la deuda que el evangelicalismo moderno tiene con Finney, debemos inicialmente reconocer sus desvíos teológicos.  De estos desvíos, Finney estableció los antecedentes para algunos de los más grandes desafíos dentro de las iglesias evangélicas, notables especialmente en el movimiento de Iglecrecimiento, el pentecostalismo y los avivamientos políticos.

(Continuará…)

¡500 años!


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“El Señor es bueno y hace lo correcto;
les muestra el buen camino a los que andan descarriados.”
¡Finalmente se llegó el día! Hoy es martes, 31 de octubre 2017 y estamos marcando 500 años desde el día en que Martín Lutero clavó sus 95 tesis en protesta de la comercialización de indulgencias en su natal Alemania.  No tengo duda que el mes de octubre ha estado cargado -o quizás sobre cargado- de información hasta la saciedad acerca de la Reforma.
Se han escrito libros, publicado videos, artículos, blogs y se han predicado muchos sermones.  En medio de toda esta algarabía para el mundo evangélico, la única pregunta que considero queda al aire es una que tanto yo como cada uno de nosotros debería procurar responder: ¿qué significa todo esto para mí?
Personalmente, la escritura citada al inicio de este escrito resume el impacto personal que la Reforma ha tenido en mi vida.  El saber que he sido justificado por gracia a través de la fe en Jesús como obra soberana de Dios y para Su gloria ha sido un verdadero bálsamo para mi alma.  Si bien estas son ideas que de alguna forma u otra hemos escuchado antes, no fue sino hasta que una serie de muy duras experiencias personales sembraran estas preciosas semillas en mi corazón y me dieran raíces sin las cuales hoy quizás hubiese perdido la razón.
La gran promesa de Dios, de que hemos sido justificados de manera gratuita únicamente a través de la fe, fe que es a la vez un regalo de Dios otorgado a los creyentes por el Espíritu Santo, es la promesa más importante de la que podemos asirnos para navegar la vida.  Martín Lutero lo decía de esta forma:
“Así como la verdad de la promesa divina perdura para siempre una vez que se nos ha conferido, de la misma manera no tiene que desfallecer nunca nuestra fe en ella: tiene que alimentarse, que fortalecerse hasta la muerte con el recuerdo imborrable de la promesa que se nos hizo en el bautismo.  Por tanto, cuando nos levantamos o nos arrepentimos de los pecados, lo único que estamos haciendo es retornar a la fuerza y a la fe del bautismo, de las que nos habíamos desviado, y a la promesa que entonces se formuló y que el pecado nos había arrebatado.  No muere nunca la verdad de la promesa que se hizo una vez; es como una mano extendida, dispuesta a recibirnos a nuestro retorno.” (La Cautividad Babilónica de la Iglesia)
El tener esa promesa sembrada en nuestros corazones cambia nuestras vidas.  Al momento de haber sido justificados por fe delante de Dios, entramos a una vida de genuina libertad: “Por la fe la palabra de Dios transfigura al alma y la hace santa, justa, veraz, pacífica, libre y pletórica de bondad: un verdadero hijo de Dios en definitiva…” (La Libertad del Cristiano).  Esta transformación de nuestro ser interior que ya no está esclavizado a la desesperación de no saber “cuantas buenas obras son suficientes” para realmente estar en paz con Dios, nos abre las puertas de par en par para poder amar y servir al prójimo con una motivación de corazón que es imposible conocer aparte de la fe y la gracia de Dios: “Ahí tienes cómo la fe es la fuente de la que brota la alegría y el amor hacia Dios, y del amor esa vida entregada libre, ansiosa y gozosamente al servicio incondicional del prójimo.  Nuestro prójimo está en la indigencia y necesitado de lo que nosotros tenemos en abundancia, de la misma forma que nosotros hemos sido unos indigentes ante Dios y hemos necesitado su gracia.” (La Libertad del Cristiano)
Con nuestra consciencia cautiva a la Palabra de Dios tomemos hoy tiempo para meditar sobre qué significan todas estas grandes ideas que la Reforma trajo y démonos cuenta que estas ideas no deben ser más confinadas a las aulas de universidades y seminarios, ni siquiera a las paredes de nuestras iglesias.
Las Escrituras, la gracia, la fe, la centralidad de Jesús y la constante búsqueda de la gloria de Dios son ideas que tienen implicaciones muy reales, objetivas y concretas para cada una de nuestras vidas y para nuestra vida en sociedad.  Pasados 500 años, tenemos una inmensa oportunidad para poder retomar el camino y refugiados en nuestro Castillo Fuerte en Jesús, usar la libertad que Dios nos ha otorgado para que cuando se celebren los 600, 700, 800, 900 y quizás 1000 años de la Reforma, quienes tengan la tarea de revisar la historia puedan ver hacia atrás y dar gloria a Dios por la fidelidad, humildad, amor y entrega de aquellos que en el 2017 recibieron la estafeta.
Mientras ese día llega, regocijémonos y compartamos con otros esta gran salvación que hemos recibido por la pura gracia, misericordia y amor de Dios.
¡Feliz día de la Reforma!

Consuelo para Guatemala


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“Toda la alabanza sea para Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Dios es nuestro Padre misericordioso y la fuente de todo consuelo. Él nos consuela en todas nuestras dificultades para que nosotros podamos consolar a otros. Cuando otros pasen por dificultades, podremos ofrecerles el mismo consuelo que Dios nos ha dado a nosotros. Pues, cuanto más sufrimos por Cristo, tanto más Dios nos colmará de su consuelo por medio de Cristo. Aun cuando estamos abrumados por dificultades, ¡es para el consuelo y la salvación de ustedes! Pues, cuando nosotros somos consolados, ciertamente los consolaremos a ustedes. Entonces podrán soportar con paciencia los mismos sufrimientos que nosotros. Tenemos la plena confianza de que, al participar ustedes de nuestros sufrimientos, también tendrán parte del consuelo que Dios nos da.” (2 Corintios 1:3-7, NTV)

 

El enojo, la tristeza, la frustración, la indignación y sobre todo, la falta de esperanza, inundan hoy el corazón de muchos guatemaltecos.  Sea a través de las redes sociales, los periódicos, noticieros televisivos o radiales y en las conversaciones alrededor de la mesa, muchos hoy comparten sus opiniones de lo que sucede, del por qué sucede y sobre todo, se debaten escenarios ante un futuro que es poco prometedor para Guatemala.

Quizás lo más triste de esta nueva coyuntura que vivimos es lo polarizante que se ha convertido el asunto.  El tono y la forma de los argumentos demuestran lo peligros de argumentar desde los extremos y la poca caridad con la que se discute solamente contribuye más a la desesperanza que parece marcar el tono del futuro inmediato de nuestra nación.

La pregunta que nos corresponde hacernos a los cristianos es…¿cuál debe ser nuestro papel?  Quisiera destacar tres ideas importantes a considerar y sugerir un camino a tomar:

  1. No debemos callar y al mismo tiempo, evitar confundir nuestro quehacer cristiano con activismo político.
  2. Esto no se trata solamente de quienes protagonizan la trama que se ve y vive en los medios.
  3. Nuestro rol como cristianos va mucho más allá que “orar por nuestras autoridades”.

Mi propuesta es el camino del consuelo y el llamado a la reconciliación.  

En circunstancias como estas donde estoy seguro que familias se han dividido o peleado por una mala conversación u opiniones encontradas por el tema, sentimientos han sido dañados, insultos se han dicho y todo esto genera profunda tristeza y división.  Necesitamos ser consolados en medio de lo que esta crisis no solo está haciendo a nuestra nación, sino a nuestros hogares y lugares de trabajo donde chocamos con opiniones.  Pablo, en su segunda carta a los Corintios ancla la posibilidad de que seamos agentes de consuelo para otros en la consciencia plena del consuelo que nosotros mismos hemos recibido de parte de Dios.

El consuelo que hemos recibido de Dios se fundamenta en que nuestra relación con Él ha sido restaurada y reconciliada gracias a y a través de la sangre derramada por Jesús en la Cruz:

“Pues a Dios, en toda su plenitud, le agradó vivir en Cristo, y por medio de él, Dios reconcilió consigo todas las cosas. Hizo la paz con todo lo que existe en el cielo y en la tierra, por medio de la sangre de Cristo en la cruz.
Eso los incluye a ustedes, que antes estaban lejos de Dios. Eran sus enemigos, separados de él por sus malos pensamientos y acciones; pero ahora él los reconcilió consigo mediante la muerte de Cristo en su cuerpo físico. Como resultado, los ha trasladado a su propia presencia, y ahora ustedes son santos, libres de culpa y pueden presentarse delante de él sin ninguna falta.” (Colosenses 1:19-22, NTV)
Es a partir de allí que podemos recibir el máximo consuelo que cualquier persona pueda llegar a esperar: el consuelo mismo de Dios el Espíritu Santo habitando nuestros corazones y recordándonos de nuestra esperanza firme en Dios.  Cuando tenemos plena consciencia de esto, podemos entonces salir con gallardía a hacer el llamado que hoy, más que nunca, nos corresponde hacer a un país dividido, lastimado, desesperanzado y desconsolado: ¡Reconcíliense con Dios!
Él murió por todos para que los que reciben la nueva vida de Cristo ya no vivan más para sí mismos. Más bien, vivirán para Cristo, quien murió y resucitó por ellos.
Así que hemos dejado de evaluar a otros desde el punto de vista humano. En un tiempo, pensábamos de Cristo solo desde un punto de vista humano. ¡Qué tan diferente lo conocemos ahora! Esto significa que todo el que pertenece a Cristo se ha convertido en una persona nueva. La vida antigua ha pasado; ¡una nueva vida ha comenzado!
Y todo esto es un regalo de Dios, quien nos trajo de vuelta a sí mismo por medio de Cristo. Y Dios nos ha dado la tarea de reconciliar a la gente con él. Pues Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomando más en cuenta el pecado de la gente. Y nos dio a nosotros este maravilloso mensaje de reconciliación. Así que somos embajadores de Cristo; Dios hace su llamado por medio de nosotros. Hablamos en nombre de Cristo cuando les rogamos: «¡Vuelvan a Dios!». Pues Dios hizo que Cristo, quien nunca pecó, fuera la ofrenda por nuestro pecado, para que nosotros pudiéramos estar en una relación correcta con Dios por medio de Cristo.” (2 Corintios 5:15-21, NTV)
El problema político y legal que vivimos hoy puede y debe resolverse con el apego estricto a la ley, nuestra Constitución y el diálogo racional, sensato, cordial y humilde. Esa lucha no debemos abandonarla y debemos exigirla de nuestras autoridades y exigírnosla a nosotros mismos.
Sin embargo, no existe ley o Estado de Derecho que restaure nuestros corazones.  Las heridas profundas que la división causa en una sociedad, en una familia y en las personas no se sana más que con el bálsamo del Evangelio.  El arrepentimiento, la gracia, la misericordia, el amor, la humildad y la honesta búsqueda de la verdad nos podrán encaminar hacia la concordia y la armonía.  Atrevámonos a que en medio de la crisis que vivimos y las diferencias ideológicas que nos separan, podamos pedir perdón y podamos perdonar. Para que esto suceda, nuestra esperanza debe estar colocada únicamente en Jesús y a partir de allí, tener la plena certeza en fe, que podremos amar más y mejor al prójimo.
¡Ánimo!

Podemos Lamentar


praiseoflament-468x372Nadie nos prometió un camino fácil.  Eventos como la balacera en el Hospital Roosevelt perpetrada para liberar a un criminal y que costó la vida de 7 personas y puso en riesgo a incontables más, llena nuestros corazones de frustración, indignación, rabia e impotencia.  Son sentimientos propios, humanos y necesarios ante la impotencia de no encontrar soluciones de fondo y de alcance largo y ancho para los problemas que nos aquejan a diario.

El cristianismo evangélico que se respira en Guatemala, ha sido muy influido por las corrientes de la falsa teología de la prosperidad y por la corriente filosófica del “nuevo pensamiento“.   Adicional a esto, hemos caído en graves errores teológicos al abrazar como válidas las propuestas que –solapadas en historias bonitas– autores como Paul Young (“La Cabaña”) nos hacen acerca de la naturaleza y el carácter de Dios que nos alejan de la verdad bíblica, histórica y ortodoxa.

El resultado de toda esta influencia ha dejado a la iglesia evangélica sin respuestas al problema del mal y el sufrimiento.  Sin un marco de referencia sólido, profundo y consistente con la Escritura, es muy difícil traer consuelo, restauración y esperanza a situaciones que como lo que sucedió ayer en el Hospital Roosevelt no tienen -y quizás no necesitan porque sería peor saber por qué– una explicación satisfactoria.  El papel redentor del sufrimiento no hace sentido en un evangelicalismo sustentado sobre “El Lado Positivo del Fracaso” y “Su Mejor Vida Ahora“.

Adicional a esto, el contexto mediático en el que vivimos, constantemente bombardeados de la última información -verdadera y/o falsa- a través de las redes sociales y distintos medios digitales profesionales y amateurs, termina entumeciéndonos al mismo tiempo que llena nuestros corazones de enojo.  En su libro Compasión” -originalmente publicado en 1982-, Henri Nouwen, Donald McNeill y Douglas Morrison nos llaman a la reflexión:

“La pregunta es, será que estas altamente sofisticadas formas de comunicación y este aumento en la cantidad de información nos llevan a una solidaridad y compasión más profundas? Es muy cuestionable.

¿Podemos realmente una respuesta compasiva de los millones de individuos que leen los periódicos durante el desayuno, escuchan la radio camino al trabajo, y que ven televisión luego de regresar a casa cansados de su trabajo en oficinas o fábricas? Podemos razonablemente esperar compasión de los muchos individuos aislados que están siendo constantemente recordados en la privacidad de sus hogares o vehículos de lo vasto del sufrimiento humano?

Parece asumirse de manera general que es bueno que las personas sean expuestas al dolor y sufrimiento del mundo.

/…/

Podríamos preguntarnos, sin embargo, si la comunicación masiva dirigida a millones de personas que se experimentan a sí mismas como pequeñas, insignificantes e impotentes, realmente no hace más daño que bien.  Cuando no hay una comunidad que pueda mediar entre las necesidades mundiales y las respuestas individuales, la carga del mundo solo puede ser una carga trituradora.  Cuando los dolores del mundo son presentados a personas que ya están abrumadas por los problemas en su pequeño círculo de familia o amigos, ¿cómo podemos esperar una respuesta creativa? Lo que podemos esperar es lo opuesto a la compasión: entumecimiento y enojo.

La exposición masiva a la miseria humana nos lleva frecuentemente al entumecimiento psicológico.  Nuestras mentes no pueden tolerar el constante recordatorio de cosas que interfieren con lo que estamos haciendo en el momento. /…/ Si dejamos que el contenido completo de los noticieros entre hacia lo más profundo de nosotros, estaríamos tan abrumados por lo absurdo de la existencia que nos paralizaríamos.

/…/

La exposición a la miseria humana en una escala masiva puede llevarnos más allá del entumecimiento psicológico hacia la hostilidad.  Esto puede parecer extraño, pero cuando mientras más de cerca vemos la respuesta humana a información perturbadora, nos damos cuenta que la confrontación con el dolor humano tiende a generar enojo en lugar de preocupación por los que sufren, irritación en lugar de simpatía e incluso furia en lugar de compasión.  El sufrimiento humano, que nos llega de una manera y en una escala que hace casi imposible el poder identificarnos con él, evoca con frecuencia sentimientos negativos muy fuertes. /…/ Cuando ya no somos capaces de reconocer a quienes sufren como seres humanos, su dolor evoca en nosotros más disgusto y enojo que compasión.

/…/

La pregunta es, entonces, ¿cómo podemos ver el sufrimiento en el mundo y ser movidos a compasión de la manera en que Jesús fue movido cuando vio a la multitud sin qué comer (Mateo 14:14)? Esta pregunta se ha vuelto muy urgente en un tiempo donde vemos demasiado y somos movidos muy poco.

 

Gracias a Dios, en Su infinita sabiduría, bondad y misericordia, no se nos ha dejado solos ni vacíos.  En medio del error e incoherencia teológica y su praxis, podemos confiar en lo que Jesús nos prometió: El cielo y la tierra desaparecerán, pero mis palabras no desaparecerán jamás.” (Mateo 24:35, NTV)  Es en ese contexto que hoy, para nosotros los cristianos guatemaltecos, es importantísimo rescatar un cuerpo importante del texto bíblico y una práctica que se nos ha legado a través de la Palabra que necesitamos pero hemos olvidado: el lamento.

En Su Palabra, Dios nos dejó libros como Lamentaciones, y los profetas menores (Miqueas, Habacuc, Amós, Joel, Abdías, Nahúm, Sofonías, Hageo, Zacarías, Oseas y Malaquías) y los 14 Salmos de Imprecatorios y de Lamento (6, 32, 35, 38, 51, 69, 83, 88, 102, 109, 130, 137, 140 y 143) a través de los cuales podemos dar voz a nuestra indignación, frustración, tristeza, congoja y despesperanza de manera abierta, franca y sin rodeos delante de un Dios que escucha, que nos acompaña a tal punto de caminar con nosotros el valle de sombra de muerte (Salmo 23) y aún más allá de eso, hacerse uno de nosotros (Juan 1).

Esta es la esperanza…¡PODEMOS LAMENTARNOS CON LIBERTAD Y HONESTIDAD DELANTE DE DIOS! Es bueno, es sano, es NECESARIO.  El lamento delante de Dios es quizás la expresión más profunda y humilde de fe que, paradójicamente, nos permitirá ver con renovadas fuerzas y esperanza, el futuro.

En su libro “The Political Disciple“, el Dr. Vincent Bacote nos llama a la reflexión:

“…la frustración común acerca de la lentitud del cambio nos revela una verdad teológica importante: los ecos de la caída están alrededor nuestro y de manera rutinaria sabotean nuestras mejores intenciones, ya sean personales, públicas o políticas.  /…/ Y hemos de ser claros de que el pecado tiene implicaciones más allá de las personales; tiene manifestaciones estructurales que dejan el mal allí o lo reintroducen nuevamente a la vida pública.

/…/ debemos encarar la dura realidad de que no podemos manejar fácilmente la dirección de la sociedad (aún si llegamos a tener mucho poder), y que no podemos siempre discernir cuál es el mejor camino para una buena sociedad.”

/…/

“Propongo la práctica del lamento para encarar la frustraciones naturales a la práctica de la vida pública porque esta es una forma en que los cristianos pueden agresivamente decir la verdad acerca del dolor en el corazón que el mundo nos causa.”

Reflexionemos sobre estos textos:

Mi vida está llena de dificultades,
y la muerte se acerca.
Estoy como muerto,
como un hombre vigoroso al que no le quedan fuerzas.
Me han dejado entre los muertos,
y estoy tendido como un cadáver en la tumba.
Soy olvidado,
estoy separado de tu cuidado.” (Salmo 88:3-5, NTV)
“Lloré hasta que no tuve más lágrimas;
mi corazón está destrozado.
Mi espíritu se derrama de angustia
al ver la situación desesperada de mi pueblo.
Los niños y los bebés
desfallecen y mueren en las calles.
 
Claman a sus madres:
«¡Necesitamos comida y bebida!».
Sus vidas se extinguen en las calles
como la de un guerrero herido en la batalla;
intentan respirar para mantenerse vivos
mientras desfallecen en los brazos de sus madres.” (Lamentaciones 2:11-12, NTV)
¿Sabíamos que podíamos hablarle a Dios de esa forma? Y es justo en ese punto, cuando podemos encontrarnos con Dios de una forma que nunca antes habríamos podido imaginar:
“Recordar mi sufrimiento y no tener hogar
es tan amargo que no encuentro palabras.
Siempre tengo presente este terrible tiempo
mientras me lamento por mi pérdida.
No obstante, aún me atrevo a tener esperanza
cuando recuerdo lo siguiente:
 
¡El fiel amor del Señor nunca se acaba!
Sus misericordias jamás terminan.
Grande es su fidelidad;
sus misericordias son nuevas cada mañana.
Me digo: «El Señor es mi herencia,
por lo tanto, ¡esperaré en él!».
 
El Señor es bueno con los que dependen de él,
con aquellos que lo buscan.
Por eso es bueno esperar en silencio
la salvación que proviene del Señor.
Y es bueno que todos se sometan desde temprana edad
al yugo de su disciplina:
 
que se queden solos en silencio
bajo las exigencias del Señor.
Que se postren rostro en tierra
pues quizá por fin haya esperanza.
Que vuelvan la otra mejilla a aquellos que los golpean
y que acepten los insultos de sus enemigos.
 
Pues el Señor no abandona
a nadie para siempre.
Aunque trae dolor, también muestra compasión
debido a la grandeza de su amor inagotable.
Pues él no se complace en herir a la gente
o en causarles dolor.” (Lamentaciones 3:19-33, NTV)
“Pero sigo orando a ti, Señor,
con la esperanza de que esta vez me muestres tu favor.
En tu amor inagotable, oh Dios,
responde a mi oración con tu salvación segura.
Rescátame del lodo,
¡no dejes que me hunda aún más!
Sálvame de aquellos que me odian
y sácame de estas aguas profundas.
No permitas que el torrente me cubra,
ni que las aguas profundas me traguen,
ni que el foso de la muerte me devore.
 
Contesta a mis oraciones, oh Señor,
pues tu amor inagotable es maravilloso;
cuida de mí,
pues tu misericordia es muy abundante.
No te escondas de tu siervo;
contéstame rápido, ¡porque estoy en graves dificultades!
Ven y rescátame,
líbrame de mis enemigos.” (Salmo 69:13-18, NTV)
Estoy consciente de que estas propuestas no satisfarán a muchos -sepan que cuando se cansen y el enojo y la frustración los quieran hacer desistir, siempre en la Palabra de Dios habrá agua viva nueva y fresca lista para ustedes-.  Hay decisiones concretas que deben tomarse y soluciones puntuales que debemos encontrar a los problemas que quedaron evidenciados.  Sin embargo, necesitamos urgentemente el tiempo de parar, lamentarnos, llorar y al contemplar a Aquel que sufrió hasta el extremo de la muerte por nosotros, podamos con renovadas fuerzas y esperanza, levantarnos mañana y dar un paso más hacia adelante…aunque cueste, aunque duela….porque valdrá la pena.