La Belleza de la Religión Cristiana

dfcbbfa57127ab9882263a158b51a629“La religión no es el lugar en dónde el problema del egoísmo del hombre se resuelve automáticamente.  Al contrario, es allí en donde la batalla entre el orgullo humano y la gracia de Dios se da con más intensidad.  En tanto el orgullo humano gane la batalla, la religión puede y llega a convertirse en uno de los instrumentos de pecado en el hombre.  Pero, en tanto ese sea el lugar de encuentro dónde el “yo” se encuentre con Dios y pueda allí rendirse a algo que va más allá de su interés propio, la religión puede proveer la única posibilidad para la tan necesitada y tan rara liberación que necesitamos de nuestro común egoísmo.” (Reinhold Niebuhr)

¿Cuántas veces hemos escuchado a una persona evangélica definir el cristianismo como “una relación” y afirmar que “no es una religión”?  Esta es quizás una de las primeras cosas que muchos aprendimos y que se nos enseñaba para enfatizar el carácter personal de nuestra relación con Jesús y en cierta forma, presentar la posibilidad de liberarnos de las “cadenas” de la religiosidad o de los sistemas tradicionales de religión que conocíamos.  En el contexto evangélico latinoamericano, la palabra “religión” está casi prohibida y tiende a tener una connotación negativa.  A nuestra mente vienen imágenes de fariseos, saduceos y de todo aquello que, a primera vista, está mal con el cristianismo individualista que hoy se predica y enseña.

Sin embargo, vemos a través de las Escrituras, que el cristianismo no es únicamente esa relación personal con Dios a través del Espíritu Santo, sino que esa relación se vive y florece en su máxima expresión en el contexto de una comunidad muy específica diseñada por Dios para encarnar allí expresiones de Su gracia, amor y misericordia que son imposibles de encontrar en una relación con Él estrictamente vertical.  Esa comunidad es la iglesia local.  La Iglesia -el cuerpo místico de Cristo-, compuesta por todos los cristianos a través de todos los años y en todos los lugares del mundo, se manifiesta al mundo a través de cada iglesia local.  Encontramos iglesias en cada lugar donde se reúnen seguidores de Jesús a escuchar la Palabra de Dios y a ser ministrados a través de los sacramentos, concretamente, los sacramentos del bautismo y de la comunión (o Santa Cena, o eucaristía).

Es inescapable ver también cuánto del Nuevo Testamento está escrito para comunidades.  Pablo escribió a las iglesias en Roma, Corinto, Galacia, Éfeso, Filipos, Colosas y Tesalónica.  La carta a los Hebreos también va dirigida a una comunidad, así como la epístola universal de Santiago, las dos cartas de Pedro y 1 de Juan, sin contar los capítulos dedicados a mensajes a iglesias específicas que encontramos en Apocalipsis.  Las instrucciones que vemos en esos textos son imposibles de cumplir a menos que sean vividos en comunidad.  Es difícil “tolerarse los unos a los otros” si no hay a quién más tolerar o quién lo tolere a uno.  Jesús también nos coloca en una posición en la que se torna inescapable la vida en comunidad si es que queremos dar fiel testimonio de Él: 34Así que ahora les doy un nuevo mandamiento: ámense unos a otros. Tal como yo los he amado, ustedes deben amarse unos a otros. 35El amor que tengan unos por otros será la prueba ante el mundo de que son mis discípulos».” (Juan 13:34-35, NTV)

Todo esto ha ido tomando forma a lo largo de los siglos y se constituye en lo que hoy conocemos como la religión cristiana, una expresión de fe que gira alrededor de una comunidad de creyentes que comparten ideas y prácticas que les ayudan a acercarse y conocer más y mejor a Jesús.  Todos los que nos llamamos cristianos y formamos parte de una iglesia, participamos de esta hermosa vida religiosa y hemos heredado de quienes nos antecedieron al menos las siguientes cosas:

  1. Credos en Común: como cristianos, somos herederos de una serie de afirmaciones que en los primeros siglos del cristianismo ayudaron a defender la sana doctrina y la fe de herejías que tenían el potencial de distorsionar y hasta destruir la fe:
    1. El Credo de los Apóstoles
    2. El Credo de Nicea
    3. El Credo de Calcedonia
    4. El Credo de San Atanasio
  2. Una Liturgia: aunque nos cueste admitirlo y por más “moderna” o “relevante” que sea la iglesia a donde vamos, seguimos una liturgia cada vez que nos reunimos.  La liturgia varía de iglesia en iglesia pero al menos tenemos algunos de estos elementos:
    1. Oración
    2. Alabanza
    3. Tiempo de ofrenda/diezmo
    4. Prédica/Sermón/Homilía
    5. Oración
    6. Alabanza
  3. Sacramentos: Aunque el énfasis e importancia que le demos a cada uno también varía entre iglesias y denominaciones, todos los cristianos alrededor del mundo y en todas las denominaciones observan como mínimo 2 sacramentos:
    1. Bautismo
    2. Comunión/Santa Cena/Eucaristía
  4. Doctrina: Ya sea de manera explícita o quizás implícita, todas las iglesias adoptan una línea doctrinal particular adherida a alguna denominación histórica o construida a partir de elementos de varias denominaciones o incluso que parte de la visión personal del liderazgo de la congregación.

La combinación de estos 4 elementos nos coloca dentro del contexto de una religión y ESO ES BUENO.  Contrario a los prejuicios anti-religión que hoy prevalecen dentro de la iglesia evangélica y que son aún más fuertes fuera del contexto cristiano, afirmar que tenemos y formamos parte de una religión es algo bueno. ¿Por qué?

  1. Es bueno porque nos une con otros cristianos a través de diferencias geográficas, culturales, idiomáticas e incluso históricas.  Nos da una historia común.
  2. Nos ayuda a crecer espiritualmente de una manera consistente, disciplinada y con la oportunidad de aprender de aquellos que nos han precedido.
  3. Nos coloca en el contexto de una comunidad local en donde podemos apoyarnos, a la que podemos servir, en donde somos instruidos, fortalecidos y enviados a servir a los demás.
  4. Nos empuja a salir de nuestro individualismo y nos abre a la consideración del otro y ver en los demás a personas creadas a la imagen y semejanza de Dios que tienen dignidad y valor propio que se desprende de ser portadores de esa imagen.

Al ser justificados individualmente por Dios y Su gracia a través de la fe en Jesús y el poder regenerativo del Espíritu Santo, nacemos de nuevo a una familia de creyentes en dónde nuestro proceso de discipulado y santificación inicia y progresa hasta el día que seamos todos reunidos de vuelta con el Padre por toda la eternidad.  No fuimos hechos para vivir como islas en una relación estrictamente vertical con Dios, sino a extendernos horizontalmente hacia los demás y experimentar de esa manera encarnada y sacrificial, las más altas expresiones del amor, misericordia y la gracia de Dios.

El mundo afuera necesita algo mejor que el aislamiento y el individualismo que está arrancando la esperanza de tantos corazones y dejándolos vacíos y desconectados.  La iglesia está llamada a ofrecer algo mejor, a ofrecer una comunidad y un sentido de estabilidad a través de la consistencia en la enseñanza, práctica y vivencia de la fe que hemos heredado y que estamos llamados a heredar a las futuras generaciones.  Es allí donde muchos se encontrarán cara a cara con Jesús.

 

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