Razones para Creer

yocreo-2(Este artículo lo escribí originalmente para y fue publicado por Revista Contrapoder el jueves 6 de octubre de 2016 bajo el título “En Defensa de la Religión”)

Creer. Creer…¿en qué? Creer…¿por qué? Creer…¿para qué? Vivimos un momento de la historia en que pareciera ser que todo debe ser cuestionado y debe ser cuestionable…especialmente todo aquello que reclama para sí mismo alguna medida de autoridad, se hace más que necesario e importante para quienes nos consideramos personas de fe estar listos para esto: “Si alguien les pregunta acerca de la esperanza cristiana que tienen, estén siempre preparados para dar una explicación; pero háganlo con humildad y respeto.” (1 Pedro 3:15b-16a , NTV)

 “Tomo nota de lo que dices acerca de orientar las lecturas de tu paciente y de ocuparte de que vea muy a menudo a su amigo materialista, pero ¿no estarás pecando de ingenuo?  Parece como si creyeses que los razonamientos son el mejor medio de librarle de las garras del Enemigo.” De esta manera es dirige Escrútopo a Orugario en la primera de las Cartas del Diablo a su Sobrino, de C.S. Lewis –autor de las Crónicas de Narnia-.

El razonamiento detrás del argumento de Escrútopo es un contra argumento de lo que la cultura hoy grita a voces: debemos alejarnos de la fe y la religión porque son irracionales.  Este es uno de los argumentos más poderosos en contra de la fe hoy en día, pero Escrútopo –como buen viejo diablo- reconoce el error en este pensamiento. Él sabe que la fe NO ES irracional y que la religión no nos aleja de la razón…al contrario, nos libera de la esclavitud de nuestra naturaleza animal e instintiva: “Si llego a perder la cabeza, y empiezo a tratar de defenderme con razonamientos, hubiese estado perdido, pero no fui tan necio.  Dirigí mi ataque, inmediatamente, a aquella parte del hombre que había llegado a controlar mejor, y le sugerí que ya era hora de comer.” (“Cartas del Diablo a su Sobrino”, C.S. Lewis).

 ¿Por qué es importante para el ser humano, entonces, creer, tener fe y profesar una religión?  Es importante responder a estas tres preguntas porque en la fluidez cultural que vivimos hoy, mucho del mensaje que se predica –desde los púlpitos y desde las redes sociales- es de que lo único que se necesita es “creer” o “tener fe” pero pareciera que es “creer en creer” o “tener fe en la fe” y esa ha sido la mayor frustración que genera tanta animosidad hacia la religión porque, entendiblemente, esa trampa del pensamiento positivo nos deja vacíos, insatisfechos y muchas veces, con sentimientos de culpa cuando no pareciera que tenemos suficiente fe para hacer que las cosas sucedan a nuestro favor.  Nuestra fe necesita un objeto un “en qué creer” y además, la experiencia de fe es una experiencia profundamente comunitaria e individual a la vez, aunque nunca individualista.  La fe, además, siempre apunta hacia fuera de sí misma, nunca ve hacia adentro –contrario al mantra cultural de “cree en ti”-, sino que busca constantemente aquello más grande que nosotros, aquello que sostiene, da forma y sentido a todo lo que nos rodea y orienta nuestra visión de futuro y esperanza.

En un mundo profundamente individualista y terriblemente desesperanzado, es a través de la fe y la religión –encontrada en la tradición judeocristiana- que tenemos la posibilidad de considerar “al otro”, a valorar y respetar a la persona humana en su dignidad e individualidad intrínsecas y de allí sale la posibilidad de construir comunidades que valoran la libertad individual, la responsabilidad y la solidaridad.  Es también a través de la fe judeocristiana que podemos hablar de manera concreta y certera de esperanza.  La esperanza en la tradición judeocristiana –la “escatología”- nos apunta hacia una solución definitiva y final al problema del mal, y elimina el miedo natural que nos genera la muerte…ese miedo que nos permite intuir que no fuimos diseñados para morir y que debe haber algo mejor.   Recordemos la desesperanza que el príncipe Hamlet plasmó en su inolvidable soliloquio:

La muerte, aquel país que todavía

está por descubrirse,

país de cuya lóbrega frontera

ningún viajero regresó, perturba

la voluntad, y a todos nos decide

a soportar los males que sabemos

más bien que ir a buscar lo que ignoramos.

Así, ¡oh conciencia!, de nosotros todos

haces unos cobardes, y la ardiente

resolución original decae

al pálido mirar del pensamiento.

Así también enérgicas empresas,

de trascendencia inmensa, a esa mirada

torcieron rumbo, y sin acción murieron.

(Hamlet, Acto 3 Escena 1, William Shakespeare)

 

Finalmente, a través de la religión podemos dar sentido a nuestra inclinación natural a creer en algo.  La tradición judeocristiana nos apunta hacia Jesús como “autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:2) y ancla en realidades históricas y objetivas nuestra esperanza.  En la concepción, vida, ministerio, muerte, resurrección y ascensión de Jesús vemos consumadas todas nuestras esperanzas (la posibilidad de ser verdaderamente humanos, el inmenso amor y misericordia de Dios por la humanidad, la realidad de las consecuencias de nuestra naturaleza malvada y la redención de esa naturaleza, y la esperanza real de vida eterna).

Como creación “maravillosamente compleja” (Salmo 139:14) de Dios, fuimos diseñados para creer en y conocer a Dios de manera directa y en relación con los demás.  Blaise Pascal, el ilustre filósofo y matemático del siglo XVII, lo dijo así: “En el corazón de todo hombre existe un vacío que tiene la forma de Dios.  Este vacío no puede ser llenado por ninguna cosa creada.  Él puede ser llenado únicamente por Dios, hecho conocido mediante Cristo Jesús.” La posibilidad de que nuestra fe tenga sentido y sustancia comienza cuando reconocemos ese vacío y depositamos nuestra confianza y esperanza en Alguien infinitamente mayor que nosotros y vivimos esa esperanza en comunidad con otros conectados por una historia común que trasciende culturas, geografías y épocas.  La fe y la religión son inseparables porque como individuos, nuestra vida solo tiene sentido en comunidad.  La religión nos da ese espacio para encarnar nuestra fe, enriquecerla y fortalecerla.

Podemos insistir en querer tener “fe” aparte de la pertenencia a una religión o comunidad de fe.  Ese camino nos llevará a la construcción de nuestro propio “dios”, ese genio de la lámpara que nunca nos desafía y que nos alcahuetea en todo.  Nuestra mirada no será hacia arriba, sino hacia nuestro propio ombligo y poco a poco nos tornaremos más egoístas, menos humanos y nuestra esperanza irá languideciendo hasta que no nos quede otra más que ceder a la esclavitud de las circunstancias y las satisfacciones inmediatas en la infructuosa búsqueda del gozo.

Fuimos creados para más.  Fuimos creados para ser y para pertenecer.  Nuestros corazones anhelan conocer el amor y dentro de nosotros reside esa fuerte intuición de que tiene que haber algo mejor, algo más permanente, algo eterno que valga la pena.  El mundo visible y lo que podemos conocer de él a través de la ciencia y la investigación nos puede empezar a encaminar a encontrar esto que anhelamos y buscamos (Romanos 1:20)  pero la Verdad que anhelamos encontrar, la Verdad que libera (Juan 8:31-32), la Verdad que es objetivamente conocible (Juan 14:6) la hallaremos cuando nuestra fe y esperanza esté depositada en Jesús.  Cuando descubramos esto nos daremos cuenta que la fe y la religión no son una camisa de fuerza ni una opresiva lista de reglas y prohibiciones.  Cuando descubramos esto aprenderemos a vivir y convivir en verdadera libertad, amor y esperanza.

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