Para que el Mundo Viva

Yo soy el pan vivo que descendió del cielo. Todo el que coma de este pan vivirá para siempre; y este pan, que ofreceré para que el mundo viva, es mi carne.  (Juan 6:51, NTV)

bread-basket“Para que el mundo viva.” ¡Qué palabras! ¡Qué profundidad! Jesús entregó su vida para que el mundo viva. ¿Cómo podemos procesar todo lo que esta corta frase nos dice?

Cómo evangélicos, nos es difícil procesar este tipo de pasajes por la poca importancia que le damos al momento eucarístico en nuestros servicios dominicales. En nuestra búsqueda de diferenciación de la tradición católica, hemos reducido lo que comúnmente conocemos como “Santa Cena” a un ritual meramente simbólico. Hoy es algo que hacemos con suerte una vez al mes y solamente si da tiempo en el servicio, pero al final, no significa mayor cosa, es un símbolo nada más y pierde el peso de lo que recordamos y anunciamos cuando lo celebramos.

Sin embargo, en esta afirmación de Jesús vemos algo de mucha mayor profundidad. El pan –la carne de Jesús- que está siendo ofrecido como regalo tiene un propósito: la vida del mundo. El primer capítulo del Evangelio de Juan nos presenta la gloria de la Encarnación. En el Salmo 34:8, recibimos de parte de Dios la invitación a “probar”-literalmente, degustar- que Él es bueno.

Como cristianos, estamos a llamados a imitar a Jesús. En Efesios 4, el llamado es a vivir de tal manera que lleguemos a ser cómo Jesús. Si vamos a buscar, por la gracia de Dios y en el poder del Espíritu Santo, ser cómo Jesús, necesitamos entender lo que significa donar nuestra propia vida como regalo para que el mundo viva.

La vida cristiana, por la propia naturaleza de nuestra fe y tradición, es una vida encarnada. Esto quiere decir que no es una religión esotérica que se vive de manera privada, individual, mística y separada de algún sentido histórico.

Vivir de manera encarnada, significa entender que hemos sido liberados para entregar nuestra vida en servicio de otros: nuestra pareja, nuestros hijos, nuestra familia, nuestra iglesia, ciudad y nación. El cristiano vive de manera encarnada en un lugar, durante un período de tiempo y época específica y en relación con personas específicas de carne y hueso. Martín Lutero lo puso así: El cristiano es un hombre libre, señor de todo y no sometido a nadie; el cristiano es un siervo, al servicio de todo y a todos sometido.”  Y por si fuera poco, 2 de Corintios 2:14-16 nos recuerda que somos la fragancia de Dios llamada a impactar el mundo con el aroma de Dios.

¡Tomemos en serio la naturaleza encarnada de nuestra fe e inyectemos al mundo a nuestro alrededor del regalo más precioso que recibimos de Dios a través del Evangelio: VIDA!

Este artículo fue originalmente escrito para la sección de Opinión de la edición del domingo 6 de marzo de 2016 del semanario Actitud News.

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