La Muerte, el Evangelio de la Prosperidad y Yo

A continuación, sigue mi traducción del artículo de Kate Bowler titulado “Death, the Prosperity Gospel and Me” publicado recientemente en el New York Times (disponible aquí en inglés).  Hago referencia a este artículo en otro titulado “El Evangelio de la Prosperidad y la Política de la Prosperidad”.

Como cristianos, no podemos dejar de reflexionar sobre este tema porque cada vez más está afectando a nuestra cultura, está alejando a mucha más gente de la Iglesia (quizás hasta más rápido de que los atrae) y en un estudio reciente de Pew Research revela que el 90% de guatemaltecos evangélicos están abiertos a creer este falso evangelio.  Que las reflexiones de este artículo nos ayuden a elevar el nivel de discusión y a corregir el rumbo.

A continuación, el artículo:

009616_bowler_0023

Kate Bowler (Foto Duke University)

Hace algunos meses, un jueves por la tarde, la asistente de mi doctor me llamó para informarme que padezco de cáncer etapa 4. Los calambres estomacales que sufría no eran causados por una mala vesícula, sino por un tumor masivo.

Tengo 35 años. Hice todo lo que se esperaría de alguien para quien el mundo, de repente, se había convertido sumamente pequeño. Caí de rodillas y lloré. Llamé por teléfono a mi esposo y esperé a que llegara para que pudiéramos abrazarnos y decirnos todo lo que necesitábamos expresar. Siempre te he amado. Estoy tan agradecida por nuestra vida juntos. Por favor cuida de nuestro hijo. Luego, caminamos de mi oficina al hospital para dar inicio a lo que quedaba de mi nueva vida.

Sin embargo, uno de mis primeros pensamientos fue: ¡Dios mío, qué ironía!, dado que recientemente escribí un libro titulado “Blessed” (Bendecida).

Yo soy una historiadora de la versión norteamericana del evangelio de la prosperidad. Una definición sencilla de este, es que el evangelio de la prosperidad es la creencia de que Dios da salud y riqueza a aquellos que tienen el tipo correcto de fe. Pasé 10 años entrevistando a tele-evangelistas que decían tener las fórmulas espirituales para ganar el milagroso dinero de Dios. Me tomé de las manos de personas en sillas de ruedas mientras que celebridades conocidas por su toque milagroso oraban por ellas. Me senté en la sala de varias personas y escuché como ellos nunca hubiesen tan siquiera soñado en tener esta casa si no hubiese sido por la motivación que escuchaban los domingos.

Realicé un peregrinaje con Benny Hinn (famoso predicador de sanidad divina) y 900 turistas para seguir los pasos de Jesús en Tierra Santa y ver lo que las personas estaban dispuestas a arriesgar por una oportunidad a obtener su milagro. Arruiné múltiples vacaciones familiares al insistir en que me pasaran dejando a la mega iglesia más ostentosa de la ciudad que visitábamos. Si había santuarios con ríos corriendo por el medio, un águila volando libremente en el auditorio o la estatua un enorme globo terráqueo girando, yo estuve allí.

Yo crecí en los 80’s en las praderas de Manitoba, Canadá, un área que fue colonizada principalmente por Menonitas. En el campamento bíblico anabaptista me enseñaron que había pocas cosas tan cercanas al corazón de Dios como el pacifismo, la simplicidad y la capacidad de extender un halago al vecino por su nuevo tractor John Deere sin sentir envidia. A pesar de que los menonitas con más conocidos por sus sombreros y carruajes de caballos, ellos son, en su gran mayoría, tan capitalistas como el resto de nosotros. Me encantan. Me casé con uno.

Sin embargo, cuando algunos menonitas empezaron a darle dinero a un pastor que se subía al escenario con moto –una moto que le regalaron en un nuevo día festivo llamado “Día de Apreciar al Pastor”- me quedé genuinamente estupefacta. Todas las personas a las que entrevisté ese día eran muy sinceras en su deseo de obtener riqueza para poder bendecir a otros. Pero, ¿cómo puede ser que los menonitas, de todos los grupos cristianos –una tradición que en algún momento sospechó de “bumpers” cromados en sus carruajes y el lo ostentoso de las cortinas de encaje- podían ahora ir a una iglesia que profesaba un desenfrenado amor por acumular?

El acertijo de la mega iglesia menonita se convirtió en mi obsesión intelectual. Nadie había escrito un relato documentado de cómo el evangelio de la prosperidad creció de los avivamientos en carpas a lo largo del país en los 50’s a una de las manifestaciones más populares del cristianismo norteamericano, y yo me dispuse a escribirlo. Pude aprender que el evangelio de la prosperidad es producto, en parte, de la tradición metafísica norteamericana del “Nuevo Pensamiento”, una maduración de las ideas al final del siglo 19 acerca del poder de la mente: pensamientos positivos generan circunstancias positivas y pensamientos negativos generan circunstancias negativas.

Algunas variaciones de esta creencia se convirtieron en la idea fundamental al desarrollo de la psicología de la auto-ayuda. Hoy lo vemos en el famoso “momento ¡ajá!” de la “Lifeclass” de Oprah Winfrey, lo vemos en la razón por la cual quizás algún familiar tenga una copia del libro “Cómo ganar amigos e influir sobre las personas” de Dale Carnegie o el aprendizaje de por qué se han vendido más de 19 millones de copias de “El Secreto” (dicho sea de paso, pueden ahorrarse el dinero, el “secreto” es pensar positivamente). Estas ideas acerca del poder de la mente se convirtieron en la respuesta popular a una difícil pregunta: ¿Por qué algunas personas se sanan y otras no?

El evangelio de la prosperidad moderno puede trazarse directamente a la teología de inicios del siglo 20 de un pastor llamado E.W. Kenyon, cuya variación evangélica del Nuevo Pensamiento le enseñó a los cristianos a creer que sus mentes eran poderosas incubadoras para bien o mal. De acuerdo a Kenyon, los cristianos deben evitar palabras e ideas que generan enfermedad y pobreza; en lugar de esto, deben repetir: “Dios está en mi. La habilidad de Dios es mía. La fuerza de Dios es mía. La salud de Dios es mía. Su éxito es mío. Soy un ganador. Son un vencedor.” O, como los creyentes en el evangelio de la prosperidad me lo resumieron, “Soy bendecido”.

Uno de los triunfos más grandes del evangelio de la prosperidad es la popularización del término “bendecido(a)” (“blessed”). Aunque su uso es anterior al evangelio de la prosperidad, particularmente en la iglesia afroamericana en donde el término “bendecido” significaba la afirmación de la bondad de Dios, fueron los predicadores de la prosperidad los que inundaron los medios con su uso. “Bendecido” es la “taquigrafía” del mensaje de la prosperidad. Lo vemos en todos lados, desde un programa televisivo llamado “The Blessed Life” (“La Vida Bendecida”) a la auto-justificación de Joel Osteen, el pastor de la iglesia más grande de Estados Unidos, que le dijo a Oprah en su mansión en Texas que “Jesús murió para que tengamos vida en abundancia”.

Durante los últimos 10 años, “ser bendecido” se ha convertido en un total fenómeno norteamericano. Los conductores pueden elegir entre una placa vehicular estándar que dice “Jesús es Señor” o una más lujosa en aluminio que dice “Blessed” por $16.99. Cuando una estrella del programa “America’s Next Top Model” se quitó la camisa, la audiencia pudo ver la palabra “Blessed” tatuada en sus musculosos pectorales. Cuando los nortamericanos hacen alarde de lo bien que les está yendo en el Día de Acción de Gracias a través de Twitter, “#blessed” es la etiqueta más usada. La palabra también es la humilde auto-exaltación de las celebridades. “#Blessed” es la única palabra adecuada para imágenes virales de vacaciones en los Alpes o viajes familiares en yate con la familia con los bikinis más diminutos. La frase nos dice: “Yo sí lo tengo totalmente claro, soy lo suficientemente humilde para reconocer que esto es increíble.” Sin embargo, también nos dice: “Dios me dio esto. (seguido de un adorable encoger de hombros) No es mi culpa, soy bendecido.”

La palabra “bendecido” es un término cargado porque nubla la distinción entre dos categorías distintas: regalo y recompensa. Puede usarse como una expresión de gratitud pura: “Gracias Dios, jamás podría haber obtenido esto solo.” Pero también su uso puede implicar de que esto fue merecido: “Gracias, yo, por ser el tipo de persona que lo tiene claro.” Esta es la palabra perfecta para una sociedad norteamericana que dice creer en que el sueño americano está basado en el trabajo duro, no en la suerte.

Si Oprah pudiese eliminar una palabra, sería la palabra “suerte”. “Nada acerca de mi vida se debe a la buena suerte”, comentaba ella en su show de TV por cable. “Nada. Mucha gracia. Muchas bendiciones. Mucho orden divino. Pero yo no creo en la suerte. Para mi la suerte es la preparación encontrándose con el momento de la oportunidad.” Esto es Estados Unidos, donde no hay retrasos, solamente hay encuentros circunstanciales perfectos. Las tragedias son simplemente pruebas a nuestro carácter.

Esta es la razón por la cual una vecina tocó a nuestra puerta para decirle a mi esposo que todo pasa por algo.

“Me encantaría saberlo.”, dijo mi esposo.

“¿Perdón?”, dijo ella.

“Me gustaría saber por qué es que mi esposa está muriendo”, dijo en ese particular tono agridulce que tiene.

Mi vecina no estaba intentando venderle alguna garantía espiritual. Pero había una razón: ella quería llenar el silencio alrededor de la pregunta de por qué algunos mueren jóvenes y otros llegan a viejos alegando acerca del estado de la grama del jardín. Ella buscaba algún tipo de orden alrededor de este caos. Porque lo opuesto a #blessed es dejar a un esposo y a un niño pequeño detrás, y las personas no pueden permitirse a si misas decir: “Wow, eso es terrible.” Tiene que haber una razón, porque sin una, quedamos indefensos y quizás tan desafortunados como el resto de personas en el mundo.

Uno de los aspectos más tiernos y tristes acerca de estar enfermo es ver los intentos de las personas de hacer sentido de tu problema. Mis amigos académicos hicieron lo que hacen los investigadores y exprimieron Google al máximo. ¿Cuándo empezaste a sentir dolor? ¿Cuáles son los síntomas? ¿Es hereditario? Puedo llegar a saber más que mi propio cáncer a través de lo que hay disponible en el sito web de la Clínica Mayo. Sin embargo, detrás de esa preocupación está la pregunta no articulada: “¿Tengo algo de control sobre esto?”

Puedo también escuchar a todas mis amigas hippie sugerir la ensalada de “kale” que me traerá sanidad. Puedo comer lo suficientemente sano para salir de mi cáncer. O, si me animo a seguir el consejo de mis amigas creyentes en el evangelio de la prosperidad, puedo declarar positivamente que el cáncer no tiene poder sobre mi y liberarme a mí misma.

Médicamente, lo más que puedo decir a manera de explicación de por qué tengo cáncer, es que el cuerpo humano es delicado y está sujeto a errores. Como cristiana, puedo decir que el Reino de Dios aún no está en su plenitud aquí en la Tierra, por lo cual nos enfermamos y morimos. Como académica, puedo decir que nuestra sociedad está embebida en una cultura de razonamiento fácil y superficial. “El que la hace, la paga.” “El Karma es un desgraciado.” “Dios siempre está, por alguna razón, cerrando puertas y abriendo ventanas.” (A Dios le fascina hacer eso.)

El evangelio de la prosperidad intenta resolver el acertijo del sufrimiento humano. Es una manera de explicar el problema del mal. Nos intenta dar una respuesta a la pregunta: ¿Por qué yo? Durante años me senté con asistentes a iglesias donde se predica este mensaje y les pregunté de dónde obtienen sus conclusiones acerca de lo bueno y lo malo en sus vidas. ¿Quiere Dios que te asciendan en tu trabajo? ¿Explícame qué significa creer por sanidad mientras estás en una cama de hospital? ¿Qué escuchas que Dios te dice cuando todo en tu vida se desmorona?

El evangelio de la prosperidad popularizó un tipo de explicación de por qué algunas personas alcanzan el éxito y otras no. Esto revolucionó la oración como instrumento para lograr que Dios siempre diga “sí”. Le ofrece a la gente una garantía: sigue estas reglas y Dios te recompensará, sanará y restaurará. Además, es tristemente similar a los “emojis” de los teléfonos celulares, aquellos que te muestran imágenes de ti mismo en varias poses. Una de estas poses me muestra sosteniendo un rótulo que dice “#blessed”. Mi mundo está conspirando para hacerme creer que soy especial, que soy la excepción cuyo carácter será la fuente de salvación de lo que dicen los informes médicos. Soy bendecida.

El evangelio de la prosperidad se sostiene de esta ilusión de controlar todo hasta el final. Si un creyente se enferma y muere, la vergüenza se impone por encima del dolor. Aquellos que han sido amados y a quienes hemos perdido son justamente esto –aquellos que perdieron la prueba de su fe. En mi trabajo, he escuchado incontables historias donde las personas se rehúsan a reconocer que el final había, finalmente, llegado. Vi a n hombre desnutrido ser paseado en su silla de ruedas dentro de una mega iglesia mientras los feligreses lo declaraban sano. Una mujer danzaba alrededor del lecho de muerte gritándole a sus horrorizados familiares que el cuerpo aún puede vivir. No existe forma alguna de morir con gracia, un “ars moriendi” (arte de morir), en el evangelio de la prosperidad. Lo único que nos deja es la dolorosa desilusión al final de muchos apasionados intentos de negar lo inevitable de la muerte.

El evangeio de la prosperidad ha tomado una religón basada en la contemplación de un hombre que está muriendo y le ha arrancado el llamado que nos hace a rendirlo todo. Quizás peor, ha reemplazado la fe cristiana con las más dolorosas formas de certeza. El movimiento ha perfeccionado una extraña forma de la adicción norteamericana al auto-gobierno, que niega mucho de nuestra humanidad: la fragilidad de nuestros cuerpos, nuestra finitud, nuestra necesidad de (al menos de vez en cuando) ver cara a cara nuestra muerte y llenarnos de terror y asombre. En algún momento, debemos decirnos a nosotros mismos, “necesito soltarlo todo”.

El CANCER ha botado los muros de mi vida. No tengo la seguridad de que llevaré de la mano a mi hijo a la escuela primaria algún día o a someter a sus prospectos de novia a un profundo (y gozoso) escrutinio. Me cuesta comprar libros para proyectos académicos de los que tengo miedo no poder concluir para cumplir con un trabajo perfecto que no podré mantener. He rendido mis manifiestos favoritos acerca de tenerlo todo, manejar el balance trabajo-vida y maximizar mi potencial. No puede dejar de recordarle a mi mejor amiga que si mi esposo vuelve a casarse, todos tendrán que bajarle volumen a sus comentarios de lo especial que yo era frente a su nueva esposa. (Y luego le cuento a ella sin parar acerca de lo imposible que es esta tarea, dadas mi múltiples lindas cualidades…listémoslas…) El cáncer requiere que me tropiece en el ripio de los sueños a los que pensé tenía derecho y de los planes que nunca me di cuenta que había hecho.

Al mismo tiempo, el cáncer me ha mostrado nuevas formas de estar viva. A pesar de la distancia que tengo con mi familia y amigos en Canadá, todo parece verse pintado de brillantes colores. En mi vulnerabilidad, estoy viendo el mundo sin el filtro de Instagram de certezas superficiales y momentos perfectibles. No puede dejar de notar la fragilidad de las paredes dentro de las cuales nos mantenemos alimentados, protegidos y completos. Me encuentro a mi misma regresando a los mismos pensamientos una y otra vez: La vida es tan bella. La vida es tan dura.

Estoy muy consciente de que las noticias acerca de mi cáncer serán vistas por muchos en la comunidad de la prosperidad como prueba de algo. He escuchado suficientes sermones acerca de aquellos que “hablan contra el ungido de Dios” para saber que esto es inevitable, a pesar de que el libro que escribí acerca de ellos es bastante gentil. Lo entiendo. Casi a todo el mundo le gusta burlarse del evangelio de la prosperidad y no soy inmune a eso. Sin mentirles: en una ocasión vi a un pastor de una mega iglesia casi ahogarse culpa de su máquina de neblina. Alguien había subido el nivel de “unción” al máximo.

Sin embargo, muchas veces encuentro la vida diaria de quienes creen en ese mensaje asombros e incluso, inspiradora. Ellos encaran lo imposible y le exigen a Dios que abra un camino. Ellos se rehúsan a aceptar que una deuda desbaratante sea insuperable. Ellos se levantan neciamente de sus camas de hospital y se declaran a si mismos sanos y, de vez en cuando, parece que funciona.

Ciertamente este es un dios norteamericano y, como estoy tan lejos de mi casa en Canadá, no puedo escapar de él.

Kate Bowler es catedrática asistente de historia del cristianismo en América del Norte en la Escuela de Divinidad de Duke University y la autora de “Blessed: A History of the American Prosperity Gospel” (Bendecido: Una Historia del Evangelio Norteamericano de la Prosperidad)

2 comments

  1. Pingback: Evangelio de la Prosperidad y Política de la Prosperidad | Discusión Inteligente
    • Alexander Benavidez · febrero 23

      “Ciertamente este es un dios norteamericano y, como estoy tan lejos de mi casa en Canadá, no puedo escapar de él.”

      En cuanto al comentario que la catedrática escribe solo me resta decir que tiene razón, después de leer todo el comentario estoy seguro que ella tiene razón, sobretodo por que su dios es minúsculo, mientras que mi Dios es mayúsculo.

      y por otra parte creo que lo ella tiene no es consecuencia de su pecado, ni de su forma de hablar de Dios, es simplemente una oportunidad en medio de tantas dificultades para que una vez más la gloria de Dios sea manifestada, y si ella dejara de estudiar la Biblia y empezara a practicarla en verdad, no con los engaños a los que ella se refiere encontraría la salida a su desilusión y la fortaleza para afrontar su situación.

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s