Semper Reformanda


Una de las ideas más importantes de la Reforma Protestante que para muchos inició en 1517 (aunque trazos de esta venían desde muchos años antes) se resume en una frase muy poderosa: “Ecclesia reformata semper reformanda et secundum verbum Dei.” (Iglesia reformada, siempre reformándose y de acuerdo a la Palabra de Dios).

Esta frase invita a la Iglesia -y por ende a las congregaciones locales- a estar siempre en constante reforma (entendiendo como “reforma” el regresar a la forma original) de acuerdo a los dictados de la Biblia.  Esto es importante porque ninguna congregación, iglesia o denominación está libre de caer presa de sus propios programas, paradigmas y planes que, al ser de manera tácita sacralizados, a veces pueden desviar a una congregación del propósito para el cual Dios permitió que existiera.

Cuando nos aferramos como individuos y/o organizaciones a estos programas, paradigmas y planes, se corre siempre el riesgo de escisión o cisma y en la Iglesia esto siempre es doloroso, aunque algunas veces, necesario.  Los dos grandes cismas de la historia -en el año 1054 y en 1517- nos revelan la dificultad de la división pero a la vez, nos muestran lo poderoso que resulta ser atreverse a dejar morir alguna idea vieja -pero equivocada- (aunque es importante aclarar que por ser viejas, no significa que todas las ideas antiguas sean malas o estén equivocadas) y ver el resurgimiento de aquello que siempre ha sido permanente en la Iglesia y a lo que siempre estamos invitados a regresar: a Jesús, a la Cruz, a la Biblia, a la fe, al arrepentimiento y a la esperanza y el amor.

“Reforma” no siempre implica cisma, escisión o división y es con esta esperanza que debemos buscar la apertura mental y espiritual a los cambios que exige nuestra necesidad de regresar con un corazón e intenciones más puros a Dios.  ¿Qué tan dispuestos estamos a hacer estas reflexiones?  ¿Qué tan dispuestos estamos a hacer los cambios que necesitamos? ¿Qué tan dispuestos estamos a desafiar aquello que es secundario pero que por los “usos y costumbres” hemos sacralizado casi como parte de nuestra doctrina?  Esas son preguntas difíciles y profundas que considero deben ser parte de discusión periódica en todas las congregaciones.  Si estamos atentos a esto, si lo promovemos y si hacemos a cada miembro de cada congregación partícipe en su contexto de lo que significa “hacer reforma” en su iglesia local para luchar porque siempre caminen “según la Palabra de Dios”, estoy seguro que nos veremos sorprendidos de lo que pueda llegar a hacer Dios con todo esto.