Cómo nos debemos acordar de los innumerables beneficios de Dios

Señor, abre mi corazón en tu ley y enséñame a andar en tus mandamientos, otórgame entender tu voluntad y, con gran reverencia y entera consideración, acordarme de tus beneficios generales y especiales, porque pueda de aquí adelante humildemente hacerte gracias.  Mas yo sé, y así lo confieso, que no puedo pagarte los beneficios, loores y gracias que debo por las mercedes que en el más pequeño punto me haces.  Yo menor soy que todos los bienes que me has hecho, y cuando miro tu nobleza, desfallece mi espíritu por su grandeza.

Todo lo que tenemos en el ánima y en el cuerpo, y cuantas cosas poseemos de fuera o de dentro, natural o sobre natural, son beneficios tuyos y alaban a ti, bienhechor piadoso y bueno, de quien recibimos todos los bienes; puesto que uno reciba más que otro, todo es tuyo, y sin ti no se puede alcanzar cosa alguna.  El que más recibe, no puede gloriarse de su merecimiento, ni enloquecerse, ni desdeñar al menor.

Porque aquel de verdad es mayor y mejor que menos se atribuye a sí y es más agradecido y humilde; y el que se estime por más vil que todos y se tiene por más indigno, está más aparejado a recibir mayores dones.  Y el que recibió menos no se debe entristecer, ni airarse, ni tener envidia del que más tiene; antes debe mirarte a ti y loar en gran manera tu bondad, que tan copiosamente y tan de grado repartes tus dones sin aceptar personas.  Todas las cosas proceden de ti, y por eso en todo debes ser loado.

Tu sabes lo que conviene darse a cada uno; y por nosotros discernirlo, sino a ti, que sabe determinadamente los merecimientos de cada uno.  Por eso, Señor, por gran beneficio tengo no tener muchas cosas de las cuales se me diga (en lo de fuera) loor y honra ante los hombres.

Así que, cualquiera que considere la pobreza y vileza de su persona, no sólo no recibirá agravio, ni tristeza, ni abatimiento, mas consolación y muy grande alegría considerando que tú, Dios mío, escogiste para familiares y servidores los pobres, bajos y despreciados del mundo.  Testigos son de esto tus mismos apóstoles, los cuales estableciste príncipes sobre toda la tierra.  Mas conversaron en el mundo tan sin queja, y fueron tan humildes y sencillos, sin malicia ni engaño, que se gozaban en sufrir injurias por tu nombre y abrazaban con grande afección lo que el mundo aborrece.

Por eso ninguna cosa debe tanto alegrar al que te ama y reconoce tus beneficios como tu santa voluntad y el buen contento de tu eterna disposición:  lo cual le debe tanto consolar, que quiera tan de grade ser el menor de todos como desearía otro ser el mayor.  Y así, tan pacífico y contento debe estar en el más bajo lugar como en el más alto, y tan de grade ser despreciado como si fuese el más honrado del mundo: porque tu voluntad y el amor de tu honra debe sobrepujar todas las cosas.  Y más se debe consolar y contentar con esto que con todos los beneficios recibidos o que puede recibir.

(Tomás de Kempis, La Imitación de Cristo -Libro Tercero, capítulo XXIV)

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