La Libertad de la Religión

La religión no puede ser otra cosa que libertad y aún así mantenerse como religión verdadera. El miedo, que es la antítesis de la verdadera religión y el corazón de la religión falsa, promueve la autonomía y, en consecuencia, produce esclavitud. La religión verdadera, anclada en el amor, promueve la sumisión y, en consecuencia, produce libertad. Si la libertad es la capacidad de actuar libre de presión externa, entonces es la influencia restrictiva de la religión aquello que preserva la libertad. Para estar seguros, el miedo se enmascara como una restricción eficiente, pero es una pseudo-restricción. Restringir a partir del miedo es como poner un dique a un río: Funciona con un tiempo pero únicamente a partir de forzar al río a hacer lo que no quiere hacer. Eventualmente, el dique se romperá, y los esfuerzos restrictivos solamente habrán exacerbado el problema. La restricción de la religión es diferente. Esta no le coloca un dique al río; cambia su curso y luego permite que fluya libremente. El miedo podrá cambiar las acciones de las personas, pero únicamente la religión puede cambiar su naturaleza.

Luego de décadas de comunismo y de la influencia restrictiva del miedo en Checoslovaquia, Vaclav Havel se lamentaba acerca del “ambiente moral contaminado” que existía allí. Conceptos como amor, amistad, compasión, humildad y perdón habían prácticamente desaparecido. “Aprendimos a no creer en nada, a ignorarnos los unos a los otros, a que no nos importara nada más que nosotros mismos.” Los checos no tenían religión. Y sin religión, como argumentó Edmund Burke, “es absolutamente imposible” vaciarnos a nosotros mismos de “toda la lujuria de la voluntad egoísta”. Donde no hay religión, no hay restricciones reales. Caminamos de acuerdo a nosotros mismos, haciendo todo aquello que el miedo no condene. Andamos tropezándonos cual eunucos éticos.

La verdadera religión, por el otro lado, cambia al hombre y le hace responsable. El miedo, al igual que al ponerle dique a un río, nunca podrá genuinamente alcanzar esta meta; lo único que puede hacer es dilatar la irresponsabilidad. La diferencia entre la religión y el miedo es la diferencia entre el “debería” y el “si no lo haces, entonces…”. A través de la presión externa, el miedo hace lo que la religión logra a través de la transformación interna. Cuando se dirigió en una ocasión al congreso de Estados Unidos, Havel advirtió, “Aún somos incapaces de entender que la genuina columna vertebral de nuestras acciones –si es que estas han de ser morales- es la responsabilidad. La autonomía, por definición, imposibilita la responsabilidad porque reclama para el hombre lo que únicamente pertenece a Dios – la completa, no desafiada e inescrutable determinación y ejecución de la voluntad. ¿Ante quién se es responsable sin la religión? ¿A uno mismo? Si es así, entonces es ante nadie. Cuando Dios es reconocido “como la norma viva y punto de referencia para toda la existencia”, entonces puede haber verdadera responsabilidad, pero no antes.La responsabilidad es indispensable para la libertad porque si esta abdica, el trono lo asumirá ya sea la anarquía o la tiranía. Usando el lenguaje de John Fletcher Moulton, sin religión, no hay “obediencia a lo que no puede imponerse”, ese punto medio entre la ley y la libertad en donde la restricción es auto-impuesta. Cuando los ciudadanos pierden el sentido de responsabilidad, el punto medio colapsa. La libertad crece salvajemente hacia arriba, extendiéndose hasta que se enfrenta con el pesado empuje hacia debajo de la ley. Con el tiempo, ya sea la libertad irrestricta romperá el dique de la ley y llevará a la anarquía o el peso de la ley destruirá la libertad y generará tiranía.

Al expandir este punto medio, la religión preserva tanto la libertad individual que se desea, así como también la responsabilidad individual que la ley busca engendrar. Moulton sostenía que la “verdadera grandeza de una nación, su verdadera civilización, está medida por el alcance en esa tierra de la obediencia a aquello que no puede imponerse.” De manera similar, Burke creía que la corrupción de las leyes no era tan seria como lo que el llamaba la corrupción de los modales. “Mientras los modales se mantengan enteros, ellos corregirán los vicios de la ley y la suavizarán de acuerdo a su propio temple.” El deterioro de los modales, que dependen del espíritu de la religión, significa la degeneración de la generosidad, humildad y dignidad.

Por otro lado, la sociedad ha mejorado luego de que ese “deber ser” que no puede imponerse por la fuerza ha florecido. Cuándo el Gran Despertar conquistó Nueva Inglaterra, Jonathan Edwards notó una “extraña alteración” en el comportamiento provocada “por una poderosa influencia invisible”. El avivamiento de la religión verdadera hizo lo que el miedo y la ley no pudieron: hizo a las personas responsables y, en consecuencia, las hizo libres. “En vano predicaban los ministros contra estas cosas antes, en vano se redactaron leyes para restringirlas, y en vano fue la vigilancia de los magistrados y funcionarios civiles; pero ahora han abandonado estos malos comportamientos casi en su totalidad por cuenta propia.”

El Despertar en Nueva Inglaterra, que motivó la obediencia a lo que no puede imponerse y promovió la responsabilidad y la libertad, era la verdadera religión, pero, como ha sido intimado, no toda la religión es verdadera religión. Tomemos como ejemplo el concepto de igualdad. La religión, se piensa, hace iguales a todos los hombres. Lincoln dedicó su vida a esta idea y Jefferson creía que era auto-evidente. Se asume que la religión abole las distinciones y promueve un igualitarismo completo. Después de todo, ¿no es la igualdad la marca necesaria del imago Dei? La religión, se afirma, hace a los hombres iguales, lo que, en consecuencia, los hace libres.

Esta posición, sin embargo, no es sostenible ahora. El miedo es lo que hace iguales a los hombres. La religión los hace libres. Con certeza, cualquier persona religiosa debe reconocer que existe un valor intrínseco a toda vida humana que hace de cualquier odio en nuestro corazón, prejuicio en nuestra sociedad o inequidad en nuestras cortes un anatema. Pero eso no es el problema porque eso ya no es igualdad –al menos, eso no es lo que significa ahora la idea de igualdad. Hoy en día, existe un tipo de igualitarismo que hace de menos a la verdadera religión y, en consecuencia, pone en peligro la libertad verdadera. La igualdad ante la ley es una cosa, pero la igualdad de condición, capacidad y resultado es totalmente otra cosa. Cuándo se promueve este último tipo de igualdad, solo puede haber un colapso de la libertad porque este tipo de igualdad es imposible. “Cualquier esfuerzo que la gente haga”, escribió Alexis de Tocqueville, “nunca podrán tener exitoso en reducir todas las condiciones de la sociedad a un nivel perfecto; y aún si infelizmente alcanzaran la absoluta y completa igualdad de posición, la desigualdad de mentes se mantendría y estas, que vienen directamente de la mano de Dios, siempre escaparán las leyes del hombre.” Una vez la desigualdad natural que Dios nos da en la vida es reconocida, aquellos que aún sostienen el mito de la igualdad absoluta de condición, capacidad y resultados, no tendrán otro recurso que el despotismo. “Nada, sino el despotismo, podría imponer algo tan irreal, y esto explica por qué los gobiernos modernos dedicados a esta idea se han convertido, bajo algún disfraz, en despóticos.” La religión no exige igualdad de condición porque esta igualdad amarra a los hombres en lugar de liberarlos.

De manera similar podemos considerar el grito contemporáneo a favor de la tolerancia. La tolerancia frecuentemente se alaba como una virtud religiosa, pero no es nada cercano a esto. La tolerancia es sencillamente el producto de una ética religiosa secular emasculada basada en el miedo –el miedo a equivocarse, a tener razón, a ofenderse y a ser ofensivo. Seguramente, debe haber tolerancia legal e incluso tolerancia social a aquellos diferentes a nosotros, pero la tolerancia intelectual y religiosa baja demasiado el estándar. El problema no es que la tolerancia pida demasiado, sino que pide muy poco. La tolerancia busca la conformidad externa a algún estándar arbitrario de civilidad, que nunca puede ser religión verdadera, porque la religión verdadera va mucho más allá de la tolerancia y nos lleva al amor. Lo que Richard Weaver dijo hace 50 años acerca de la fraternidad es cierto acerca de la religión y la tolerancia hoy: “La fraternidad dirige la atención hacia otros, la igualdad hacia uno mismo.” El apóstol Pablo no buscaba la unidad entre los corintios sobre la base de la tolerancia sino a partir del amor mutuo. Sin embargo, se nos pide ser tolerantes, no por causa del amor al prójimo, sino porque todas las ideas y creencias, especialmente las propias, supuestamente tienen igual validez. Cuando esta validez es desafiada, sin embargo, no hay esperanza de unidad porque no hay virtud religiosa, no hay vínculo de amor sobre el cual caer. Lo único que hay es miedo.

Sin embargo, la religión nos presenta un camino mucho más excelente. En lugar de la tolerancia, busca la fraternidad. En lugar de la cordialidad, la caridad. La tolerancia y la igualdad deben gobernarse, la religión busca ser amada. Como dijera John Calvin en su sección acerca del gobierno civil en su libro La Institución de la Religión Cristiana, “el amor es el mejor consejero de los hombres.” El amor es mucho más fuerte que la igualdad y más duro que la tolerancia porque el amor verdadero no da lugar al miedo. Pero este amor debe ser amor religioso, y el amor religioso va más allá de simplemente bondad. El amor religioso requiere transformación. El amor religioso nos mueve a un reordenamiento fundamental de nuestra perspectiva.

El amor religioso abandona el “yo” y ve hacia los demás porque tiene un ojo puesto en Dios. Y podemos tener un ojo puesto en amar a Dios únicamente porque Él fue quien primero nos vio para amarnos. Esto es crucial. La libertad que encontramos en el amor, que encontramos en la religión verdadera, es pura únicamente porque se extiende de la libertad de Dios de actuar en amor hacia Su creación. Así como Dios no es obligado o coaccionado por el amor, este amor nos libera de la determinación externa. Por definición, nuestro amor ve hacia Dios primero, luego ve hacia los otros y nunca ve hacia si mismo. Al final de cuentas, la libertad del amor, con su poder invisible de auto-restricción, siempre lleva hacia la responsabilidad que al final es la verdadera libertad.

Esta es la esencia de la verdadera religión y esta es indispensable para la sociedad. La verdadera religión, con su amor transformador, funciona como la consciencia, ministro y preservante de la sociedad. Restringe la maldad, promueve la bondad y previene la corrupción. Al trabajar con una mano invisible interna, la religión hace algo que el miedo, que trabaja con un mazo externo y visible, nunca podrá hacer. La religión hace a los hombres responsables y por ende, los hace libres.

(Traducción mía del ensayo “The Freedom of Religion” contenido en el libro “Religion, Duty, and Liberty: Graduate Essays on the Effect of Religion and Liberty” por Kevin DeYoung.  El libro está disponible en la biblioteca de la UFM)

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