Acerca de la Religión, el Deber y la Libertad

Lord Acton dijo, “Ninguna nación puede ser libre sin la religión. La religión crea y fortalece la noción del deber. Si los hombres no se mantienen rectos por causa del deber, deben hacerlo por miedo. Mientras más sea por miedo, menos libres serán. Mientras más fuerte sea la noción del deber, más libertad tendrán.” En esta cita, Lord Acton ha dado con la piedra fundamental de una sociedad libre: la verdadera religión. Acton nos traslada la función principal de la religión: moldear a los hombres para la libertad del deber. Acton nos indica que tanto la libertad como el sentido del deber presuponen la religión; en otras palabras, el deber y la libertad son engendros naturales de la religión verdadera. La historia nos muestra que el miedo y la libertad son fuerzas contradictorias. Entonces, sostengo, al igual que Acton, que la religión verdadera produce un apropiado sentido del deber a partir de un entendimiento correcto de la libertad.

En primer lugar, la religión verdadera basada sobre un fundamento firme de verdad, sirve principalmente para servir a los hombres en definir y aplicar la libertad. Es necesario iniciar con una buena descripción de lo que significa la religión verdadera. “La idea básica de la religión es entonces, la vida que es con Dios – una vida vivida en reconocimiento de Dios, en comunión con Él.” La religión, entonces, sirve para traer al hombre hacia una posición correcta y apropiada delante de su Dios y hacedor. Esto presupone que existe un Dios y de que Él ha diseñado un método y patrón para el deber, que Él es digno de nuestro respeto y que nosotros estamos en una posición para darle el honor debido. Es sobre este fundamento en que la religión debe sostenerse si es que busca ser efectiva. Sin embargo, únicamente la religión verdadera funciona en esta “libertad hacia el deber”. La verdadera religión funciona principalmente para ayudar a los hombres en su definición y aplicación de la libertad.

¿Qué queremos decir con religión verdadera? Esto implica la existencia de una religión verdadera que se sostiene en contraste con muchas religiones falsas. Todas las religiones a través de la historia del mundo son similares en este respecto: Todas incluyen el establecimiento de ordenanzas que, cuando se cumplen, califican al discípulo para ser aceptado por la deidad; todas las religiones excepto una. Solo en el cristianismo somos llamados a creer por fe y a ser salvos –a pesar de nuestros fracasos- únicamente a través de la gracia. Es muy importante delinear esto. Uno debe creer que el hombre es capaz de la perfección cuando se suscribe a alguna religión que coloca pesadas ordenanzas sobre sus seguidores. Para aquellos que creen que la perfección es alcanzable, el deber se convierte en su dios. A pesar de eso, la inconsistencia y el fracaso producen duda y hacen de menos el deber que la falsa religión requiere. El miedo se convierte en el principal motivador – una restricción temporal al abandono del deber y la obligación- pero, en última instancia, inefectiva, porque “la obscura deferencia del miedo y la esclavitud…mantendrá a los perros obedientes al látigo”, pero solo en tanto el látigo sea aplicado. Las consecuencias que surgen de tal religión son por naturaleza nihilistas; la desesperanza –en lugar de la fidelidad- se convierte en la característica que permanece. El fracaso nos lleva a un miedo más grande que Acton entiende claramente como lo que amarra a los hombres a menos libertad, no a más. Tal sentido del deber no es liberador, sino esclavizante.

Sin embargo, existe libertad en la religión verdadera. La palabra de Dios establece que los hombres son salvos por gracia a través de la fe en Jesucristo. Esta fe es, a su vez, un regalo de Dios, no procede de obras, para que nadie pueda jactarse (Efesios 2:8-9). Dada nuestra naturaleza caída –nuestra inclinación hacia el fracaso- somos incapaces de cumplir la ley. El miedo debería perseguirnos cual perro, pero esto ya no es necesario. Cristo Jesús –nuestro mediador legal y completamente calificado- sustituyó Su vida de perfección por nuestra vida de imperfección. Por esta razón, ya no estamos bajo la condenación de la ley moral, sino bajo la gracia (Romanos 6:14). Bajo la ley somos transgresores. Bajo la gracia somos libres de la ley y su castigo –y, entonces, libres del miedo- y es en esta libertad en la que perseguimos con mayor pasión el deber. En la medida en que venimos a darnos cuenta de nuestra libertad del castigo eterno del fracaso, el miedo va desapareciendo y el amor nos motiva a la obediencia. En este sentido, la religión verdadera sirve la función primaria de revelarnos la naturaleza y alcance de nuestra libertad. Motivados y liberados de esta manera, naturalmente nos esforzaremos en cumplir nuestro deber. “13No, amados hermanos, no lo he logrado, pero me concentro sólo en esto: olvido el pasado y fijo la mirada en lo que tengo por delante, y así 14avanzo hasta llegar al final de la carrera para recibir el premio celestial al cual Dios nos llama por medio de Cristo Jesús.” (Filipenses 3:3-14, NTV) La verdadera libertad en la religión llega cuando nos damos cuenta de nuestro estado justificado delante de nuestro hacedor. Es entonces cuando el sentido del deber se convierte en un elemento de sacrificio movido por gratitud, no una obligación amenazante. Sin embargo, todo esto depende de un sólido fundamento en la verdad.

De esta forma, el deber fluye desde la religión verdadera hacia la libertad. Este es el beneficio de la religión par la sociedad: Cuando el respeto apropiado a los requerimientos de la ley se une a la libertad del castigo eterno de la ley y al conocimiento de Aquel que nos trajo esta libertad, los hombres se involucran, invierten y responden. Esto produce verdadera libertad y “crea y fortalece el sentido del deber”.

¿Cómo es, entonces, que la libertad, que pareciera no ser restrictiva, produzca un “mayor sentido del deber” que en apariencia, es restrictivo? Lo logra porque la libertad no riñe con el sentido del deber; en lugar de eso, la libertad a través de la religión dirige, enfoca e intensifica el sentido del deber del hombre. Consideremos como es que el sentido del deber restringe. En el caso de un esposo, él se debe únicamente a su esposa. Su pasión, amor, energía y vida deben ser derramadas en nadie más que su esposa. A través del deber, él es restringido a esta única mujer. Pero ahora considere como este sentido de deber es liberador. En el caso de este mismo esposo, démonos cuenta qué tan grande energía, pasión, amor y vida que él puede libremente derramar sobre su esposa de una manera que ningún hombre soltero puede hacer de manera correcta con una mujer que no es su esposa. Algunos podrán decir que aquí la libertad y el deber entran en contradicción, pero nos damos cuenta que el esposo es libre únicamente en el contexto de la mujer a quién él está restringido. El deber y la restricción coexisten. Dentro de estas varandas, hay libertad; sin alguna de estas varandas falta, hay destrucción segura.

De esta forma, la religión verdadera produce un sentido del deber a partir de la libertad del miedo, porque negar a Dios es negar al hacedor de una ley eterna ante la cual los seres humanos deben rendir cuentas. Entonces, negar a Dios, es en última instancia, negar el deber. Es al nivel de la religión cuándo la ley comienza. Cuando esta religión es falsa, también es subjetiva, destructiva y manipuladora. Y la ley que surge de tal religión será de la misma naturaleza. El deber a esta ley vendrá únicamente en la forma del interés propio, la opresión, y la subyugación a partir del miedo. Sin embargo, cuando la religión es verdadera, objetiva e inamovible, sirve para producir un sentido del deber a través de la libertad del miedo y que engendra una ley que obedece a la misma virtud.

La liberad verdadera no es la ausencia total de restricciones. “La libertad no es libertinaje. Un barrilete (cometa) que se suelta de su hilo se vuelve libertino, pero pierde su libertad de ser un barrilete. Un ‘globo libre’ es cautivo de cualquier brisa que sople.” No estamos amarrados de tal forma que dejemos de volar, sino que estamos amarrados de tal forma que podamos cumplir la función para la cual fuimos creados. La libertad no es la liberación del deber; es “la destrucción de todo despotismo…moral, educativo, caritativo, político….y de la restricción de la ley únicamente a su esfera racional de organizar el derecho del individuo, a la legítima auto-defensa; de castigar la injusticia.” Abolir la ley no es libertad, sino que es despotismo o anarquía. La cuidadosa observancia de la función de la ley (el preservar nuestra libertad) y de los fundamentos de la ley (el Dios de la verdadera religión) es la libertad que la religión le da al hombre. “El precio de la libertad es la vigilancia eterna.” Esta vigilancia debe ser en contra de la subyugación tiránica bajo la ley por un lado, y por el otro, del caos sin ley. En la nación que entienda estas cosas, los hombres no buscarán que la ley sea abolida, sino que toda injusticia sea castigada.

Las leyes a las cuales los hombres están sujetos por el deber crece desde la religión sobre la cual están fundadas. La religión falsa, que en última instancia trae el nihilismo y la desesperanza, lleva al despotismo. La verdadera libertad se deriva únicamente de la religión verdadera y puede florecer únicamente en la medida en que la ley sirva a la sociedad de manera justa. “La ley es justicia –simple y clara, precisa e irrestricta.”

 Anteriormente notamos que el beneficio de la religión a la sociedad es que dirige, enfoque e intensifica el sentido del deber del hombre –o, como escribió Acton, “crea y fortalece el sentido del deber”. La religión verdadera dirige y enfoca a la sociedad a través de la libertad, y funciona para liberar al hombre de la tiranía y el miedo. La religión verdadera, por el hecho de que aplica a todos los hombres, establece las fronteras del deber. Una persona que busca manejar a cien kilómetros por hora en una carretera llena de curvas puede mantenerse relativamente despreocupado en la medida en que él tenga la confianza razonable de que todos los conductores en esa región están familiarizados con y se sujetan a, las leyes generales de tránsito. La línea amarilla al centro de la carretera es lo que le da una libertad y confianza creciente y no le infunde miedo. Esta libertad a través de la ley y la regulación engendra la verdadera libertad que es necesaria para el cumplimiento del deber.

Más aún, la libertad es el medio a través del cual el hombre puede ser extrudido a niveles mayores de deber. “Ser extrudido es ser forzado hacia fuera a partir de el uso de presión para alcanzar una forma deseada.” La verdadera religión es el mecanismo que fuerza a alta presión, el suave metal del hombre para obtener la forma deseada. La religión nos moldea y nos forma. Ser formado es naturalmente restrictivo, pero el propósito final es producir algo de significado y que cumpla alguna función. Una masa amorfa de metal no está restringida por la forma, pero no puede servir como martillo, como anillo o como cualquier otro objeto. Es el yunque el que le da al metal la libertad de convertirse en algo; de la misma forma, el yunque de la religión libera los espíritus de los hombres. De esta forma, “mientras mayor sea el sentido del deber, mayor será la libertad.”

Debe afirmarse que esta función del deber no puede alcanzarse a través del miedo. El miedo no es libertad. Donde existe libertad, la ley establece un sistema en donde no es necesaria la existencia del miedo. El miedo existe únicamente en la reducción o perversión de la ley, porque allí ha terminado la libertad y el sentido deber ya no será más obedecido. Es aquí cuando los hombres deben ser sujetos a partir del miedo, porque la ley ha sido pervertida, reducida a algún tipo de gobierno tiránico, y se ha convertido en el yugo de esclavitud. Esto es lo que creo que Acton quería decir cuando escribió, “Mientras más sea por miedo, menos libres serán.” Pero cuándo la ley es usada apropiadamente, el deber prevalece, porque “9Pues la ley no fue diseñada para la gente que hace lo correcto. Es para los transgresores y rebeldes,…”(1 Timoteo 1:8 a, NTV). En los sistemas corruptos, el miedo sujeta a todos los hombres libres a la esclavitud; la ley verdadera sujeta únicamente a quien quiere vivir sin ley.

La ley deriva su naturaleza y poder de la religión sobre la cual se establece. El Dios de la religión verdadera es la única base sólida para la religión. El deber que fluye de esta base estable será mayor que el miedo y la subyugación que fluyen de la religión falsa. La religión moldea a los hombres a la imagen ya sea de hombres libres o esclavos –si son esclavos, entonces únicamente a través del miedo; pero si son libres, entonces son liberados a un sentido de deber que les da propósito, forma y función. De esta forma, el poder de las naciones se dirige hacia un mayor cumplimiento del deber y el sentido: hacia la libertad.

(Traducción mía del ensayo “On Religion, Duty and Liberty” por Joel D. Hathaway, en el libro “Religion, Duty, and Liberty: Graduate Essays on the Effect of Religion on Liberty”)

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