Mostrando los Colores


Los meses de mayo y junio han sido bastante turbulentos en el mundo. Primero Irlanda, a través de un referendo popular, y luego Estados Unidos, a través de una decisión de su Corte Suprema, legalizaron e impusieron el reconocimiento legal de las uniones entre dos personas del mismo sexo bajo un intento de redefinición de la institución del matrimonio.

Las reacciones no se dieron a esperar. Por todo el mundo hubo celebración y por todo el mundo se sintió también el rechazo a semejante medida por parte de hombres y mujeres cristianos comprometidos con la definición del matrimonio bíblica e histórica.

Quizás de los fenómenos más interesantes fue la cantidad de personas e instituciones que decidieron literalmente mostrar sus colores y manifestar su aprobación a la decisión de la Corte Suprema de EEUU colocando en sus perfiles de redes sociales e incluso a través de decoraciones físicas en edificios públicos en distintas ciudades el símbolo que por décadas ha identificado al movimiento homosexual: el arco iris.

Admito que me sorprendió ver a tanta gente conocida mía manifestándose de esa forma. Pareciera que en estos últimos días se está trazando una línea muy clara: los que tienen arco iris y los que no. El apoyo a esto se racionaliza a través de etiquetas como #LoveWins (“el amor gana”) y #LoveIsLove (“el amor es amor”) y sobre todo, argumentando que al ser esta decisión una decisión privada entre dos individuos, esto no afecta a nadie más y por ende, oponerse a tal medida, es atentar contra la propia libertad y dignidad de estos individuos y su derecho a ser felices. La otra clara manifestación que este tema está generando, es la tipificación inmediata de homofóbicos e intolerantes a todos aquellos que sostenemos y defendemos a la institución del matrimonio como:

  • Diseñada por Dios
  • La unión entre un hombre y una mujer, una vez y para siempre
  • Anterior a cualquier estado, gobierno y legislación

¿Dónde está el problema? Más allá de los argumentos legales, morales y religiosos, mi preocupación principal es la visión individualista que se tiene del problema. Se plantea una visión del matrimonio reduccionista, de carácter eminentemente privado y sin implicaciones o ramificaciones sociales. Al mostrar los colores, queda en evidencia que vivimos en una sociedad individualista, intolerante y sujeta a una ética meramente circunstancial y que no considera al otro como sujeto moral y con quien se tienen obligaciones si es que hemos de vivir en sociedad.

El matrimonio es por definición una institución social. Es la unidad social más básica y es el lugar ideal para la crianza de niños que lleguen a ser personas verdaderamente libres, responsables y virtuosas. El tomarse el gobierno (a través del poder coercitivo de la ley) o la sociedad (a través de un mal ejercicio de la “tiranía de la mayoría” –la democracia) atribuciones que no le corresponden e intentar redefinir el matrimonio para convertirlo en una mera institución de conveniencia económica, cuyo uno objetivo es el placer y una elusiva garantía de felicidad individual, buscamos como sociedad abstraernos de ser precisamente eso, seres sociales. Alimentar este narcisismo, solo nos llevará a ser cada vez más intolerantes, divisivos y hostiles contra aquellos que no comparten nuestras ideas.

No olvidemos que cada matrimonio nuevo entre un hombre y una mujer es un SI a la vida, un sí a la posibilidad de vida nueva, de creer en un futuro mejor y en la posibilidad de construir una vida diferente.  Parte del carácter socializador del matrimonio está en su potencial de procreación, porque nos obliga a salirnos de nosotros mismos y a vivir enteramente entregados a otros y en eso, encontrar nuestra verdadera vocación y propósito en la vida.

¿Qué nos corresponde hacer como Iglesia? Nos corresponde la defensa férrea del matrimonio, pero no a partir del moralismo o incluso, a través de la argumentación legal como única camino de incidencia social. El matrimonio lo defendemos porque es a través del matrimonio como Dios eligió revelar las más hermosas sombras del Evangelio (Efesios 5). Porque no hay nada más importante que el Evangelio (1 Corintios 15), el matrimonio es crucial como institución a través de la cual aprendemos a vivir la gracia, el perdón, la misericordia y la restauración. Al igual que el arco iris original de Génesis 9 apunta a una esperanza mejor que la que presenta el logo homosexual, el matrimonio entre un hombre y una mujer nos revela el Evangelio, algo mucho mejor que la vacía etiqueta de #LoveWins que coloca su esperanza en el mero sentimentalismo, narcisismo y búsqueda del placer individual como cúspide de la aspiración humana.

Lo que está en juego es mucho más grande de lo que pensamos. Las implicaciones para el futuro de nuestra sociedad, de nuestros hijos, son mucho más profundas. Los desafíos que enfrentaremos son abrumadores y debemos prepararnos para perder muchas batallas a lo largo del camino. Pero a pesar de esto, no cedamos ante la falsa idea de que “vox populi, vox dei”, porque Dios ya ha hablado y tampoco nos creamos la mentira que el gobierno es la fuente de nuestros derechos, dignidad e instituciones más preciadas como el matrimonio. Mucho antes que hubiera gobierno, Dios ES y de Él se deriva nuestra dignidad como personas y es en Sus instituciones en donde encontramos la mayor oportunidad de florecer dentro de esa dignidad y alcanzar nuestro máximo potencial como hombres, mujeres, esposos, esposas, padres, madres, hijos e hijas.

¡Ánimo!

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¿Por qué me opongo a una redefinición jurídica de la institución social del matrimonio en Guatemala?


Escribo esto, después de dos días de gran reflexión, y después de una montaña rusa de emociones y sentimientos. Gracias a todos aquellos que se han tomado el tiempo de escribirme, de enviarme artículos, de llamarme, con el fin de poder entender lo que para nosotros, los guatemaltecos que creemos en el matrimonio, significa la decisión que tomo la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos, con respecto a la redefinición del matrimonio.

¿Por qué me opongo a una redefinición jurídica de la institución social del matrimonio en Guatemala?

El matrimonio es una institución natural que antecede al Estado, y como tal, no es una realidad social que cambia y evoluciona al libre sentir de las personas, ni es potestad del Estado definir qué se entiende por matrimonio. Las normas sobre el surgimiento de la familia, como lo son el matrimonio, han sido producto de un surgimiento espontáneo y desarrollo del matrimonio como institución natural, que ha existido siempre independientemente del Estado. El Estado no es el poder que creó la institución del matrimonio, ni son sus leyes las que determinan su naturaleza.

Históricamente, en Guatemala los cuatro Códigos Civiles que han regido nuestro ordenamiento jurídico, han definido el matrimonio como uno entre un hombre y una mujer, y el propósito de protección y reconocimiento del mismo ha sido siempre y especialmente porque a partir de él se establece la familia, y de ella la subsistencia del Estado. La diferencia de sexos en el matrimonio, es uno de los elementos esenciales, interpretando a la institución junto con sus fines, la potencialidad de la pareja de continuar con la preservación de la especie humana. El pretender despojarla de estos fines, desnaturalizaría el propósito de la existencia del matrimonio. Si bien es cierto, no todas las uniones de matrimonio traen como consecuencia la procreación, todas las uniones entre un hombre y una mujer tienen el potencial de hacerlo.

El argumento principal de los proponentes del matrimonio homosexual es la existencia de una discriminación al no tener igualdad de derecho de que la unión se equipare a un matrimonio. En este caso, considero que no existe tal discriminación ya que las consideraciones hechas en cuanto a la naturaleza y finalidades de la institución justifican el mantenimiento de la normativa tal y como nuestro Código Civil la mantiene. La igualdad ante la ley no significa que no se excluyan a unos de lo que se otorga en igualdad de condiciones a otros. En igualdad de condiciones, tanto hombres como mujeres tienen derecho a acceder a la institución del matrimonio, cumpliendo con los requisitos objetivos y razonables impuestos por la institución, no existe impedimento alguno para hacerlo. Las personas que practican la homosexualidad tienen igual dignidad como personas que el resto, pero ello no implica admitir que se equipare el matrimonio como institución a una relación homosexual, ya que como se ha expuesto anteriormente, desnaturalizaría la institución y desvirtuaría la finalidad de la misma.

El matrimonio como institución natural, que antecede al Estado, ha tenido históricamente elementos que la han consolidado como el fundamento esencial para la convivencia en sociedad y el desarrollo integral de la persona. El redefinir la institución traería consecuencias catastróficas para la vida en sociedad ya que si se hace de acuerdo con las tendencias legislativas mundiales, se estaría despojando la protección a los elementos esenciales que componen el matrimonio y por lo tanto se estaría desnaturalizando la institución como la conocemos aún hoy.

Al redefinir el matrimonio, no se estaría simplemente modificando la institución, sino se estaría tratando de crear una completamente distinta a la que originalmente existe y que sería producto de una reingeniería constructivista de la voluntad humana, o peor aún una imposición gubernamental, desvirtuando por completo siglos de historia.

La redefinición del matrimonio, considerándola como una institución sin género, conlleva riesgos a violaciones de libertades fundamentales, para quienes creemos en la definición del matrimonio, como unión entre un hombre y una mujer. La verdadera libertad y dignidad de la persona se ve externalizada en el momento de poder actuar y tomar decisiones conforme a su consciencia, el poder expresar sus ideales y su voluntad sin que exista discriminación por sus decisiones como persona viviendo en sociedad pacíficamente. Uno de los problemas principales con la redefinición del matrimonio es que amenazaría con la libertad de las personas de vivir de acuerdo con sus creencias religiosas. Además, a los profesionales los obligaría a llevar a cabo actos jurídicos que pudieran ir en contra de su consciencia[1] y el Estado estaría coaccionando a la participación de esos actos tanto a los profesionales como a los grupos religiosos. Iglesias de influencia predominante en Guatemala, se verían coaccionados por el Estado a participar en autorizar matrimonios en contra de sus creencias. Las convicciones religiosas serían descalificadas y se instauraría un pensamiento intolerante hacia lo religioso en un país de tradiciones religiosas importantes. Asimismo, se limitaría la libertad de expresión del individuo y de empresas que quisieran manifestar su desacuerdo con la modificación y redefinición del matrimonio. Estas consecuencias de actuar intolerante, ya las hemos visto en varios países que han adoptado la nueva definición del matrimonio.[2]

Guatemala no debe ceder a presiones internacionales de redefinición de una de las instituciones más primitivas de cuya subsistencia depende el desarrollo de una sociedad libre y virtuosa. La sociedad evoluciona, pero los valores fundamentales y principios sobre los cuales se forma no deben hacerlo.

Abro el espacio para dialogo, dialogo sin sentimentalismos ni insultos, esperando que como Guatemaltecos entendamos que la única forma de contribuir a un país libre, es aprendiendo a respetar las ideas de quienes no piensan igual que nosotros.

[1] Ejemplo: http://blog.alliancedefendingfreedom.org/2015/06/17/same-sex-marriage-doesnt-affect-anyone-just-ask-jack-phillips/

[2] Historia de Barronelle Stutzman: https://www.youtube.com/watch?v=MDETkcCw63c