Familia e Iglesia: Pilares de la Transmisión de la Fe

“38. La transmisión de la fe, que brilla para todos los hombres en todo lugar, pasa también por las coordenadas temporales, de generación en generación. Puesto que la fe nace de un encuentro que se produce en la historia e ilumina el camino a lo largo del tiempo, tiene necesidad de transmitirse a través de los siglos. Y mediante una cadena ininterrumpida de testimonios llega a nosotros el rostro de Jesús. ¿Cómo es posible esto? ¿Cómo podemos estar seguros de llegar al « verdadero Jesús » a través de los siglos? Si el hombre fuese un individuo aislado, si partiésemos solamente del « yo » individual, que busca en sí mismo la seguridad del conocimiento, esta certeza sería imposible. No puedo ver por mí mismo lo que ha sucedido en una época tan distante de la mía. Pero ésta no es la única manera que tiene el hombre de conocer. La persona vive siempre en relación. Proviene de otros, pertenece a otros, su vida se ensancha en el encuentro con otros. Incluso el conocimiento de sí, la misma autoconciencia, es relacional y está vinculada a otros que nos han precedido: en primer lugar nuestros padres, que nos han dado la vida y el nombre. El lenguaje mismo, las palabras con que interpretamos nuestra vida y nuestra realidad, nos llega a través de otros, guardado en la memoria viva de otros. El conocimiento de uno mismo sólo es posible cuando participamos en una memoria más grande. Lo mismo sucede con la fe, que lleva a su plenitud el modo humano de comprender. El pasado de la fe, aquel acto de amor de Jesús, que ha hecho germinar en el mundo una vida nueva, nos llega en la memoria de otros, de testigos, conservado vivo en aquel sujeto único de memoria que es la Iglesia. La Iglesia es una Madre que nos enseña a hablar el lenguaje de la fe. San Juan, en su Evangelio, ha insistido en este aspecto, uniendo fe y memoria, y asociando ambas a la acción del Espíritu Santo que, como dice Jesús, « os irá recordando todo » (Jn 14,26). El Amor, que es el Espíritu y que mora en la Iglesia, mantiene unidos entre sí todos los tiempos y nos hace contemporáneos de Jesús, convirtiéndose en el guía de nuestro camino de fe.” (Encíclica Lumen Fidei, Papa Francisco)

Vivimos en una época de una privatización radical de la religión y la espiritualidad.  Por un lado, se busca relegar la religión al ámbito de lo privado, retirándola de las discusiones públicas en asuntos sociales, morales, políticos, económicos, artísticos, etc.  Se nos dice que la religión es un asunto del fuero interno, para ser creído y vivido de manera individual y que únicamente sirve para guiar decisiones estrictamente personales.  El resultado de esto, es la intolerancia de aquellas personas e instituciones que -irónicamente- en nombre de la “tolerancia”, rechazan cualquier argumento religioso -y particularmente cualquier argumento cristiano- en discusiones de temas como matrimonio, familia, vida y moral.  Al relegar la fe a lo individual y privado, se facilita el relativismo moral y se viven los principios de una manera estrictamente utilitaria: lo que me conviene, cuando me convenga, dependiendo de las circunstancias y siempre amparado en un “derecho” ajeno a cualquier responsabilidad…el “derecho a ser feliz” como valor supremo y principio rector de la existencia.

En cuestiones morales y públicas, el problema que describí es relativamente obvio para los cristianos.  Sin embargo, hemos se dificulta más verlo dentro del contexto de la iglesia y la comunidad cristiana.  Aquí adentro, sin darnos cuenta, es donde el problema es quizás más fuerte y que exige de nosotros un mayor esfuerzo por corregirlo.

Por esta razón cité el párrafo anterior de la Encíclica Lumen Fidei del Papa Francisco.  En este párrafo, contenido dentro del Capítulo 3 titulado “Transmito lo que He Recibido (1 Corintios 15:3)“, Francisco nos llama a la reflexión de la importancia para cada uno de nosotros de comprender que no ha recibido la fe en una especie de burbuja aislada del contexto comunitario, que esta fe ha sido transmitida a través de los siglos y vivida, compartida, contextualizada y expresada por millones de personas de las más diversas culturas, trasfondos, situaciones, épocas y naciones.  Nos recuerda que no existimos en el vacío, tanto temporal, como espacial.

Desde las páginas del Antiguo Testamento, en Deuteronomio 6, vemos la importancia de la familia como ente activo, dinámico e intencional en transmitir la fe:

“1»Esos son los mandatos, los decretos y las ordenanzas que el Señor tu Dios me encargó que te enseñara. Obedécelos cuando llegues a la tierra donde estás a punto de entrar y que vas a poseer. 2Tú, tus hijos y tus nietos teman al Señor su Dios durante toda la vida. Si obedeces todos los decretos y los mandatos del Señor, disfrutarás de una larga vida. 3Escucha con atención, pueblo de Israel, y asegúrate de obedecer. Entonces todo te saldrá bien, y tendrás muchos hijos en la tierra donde fluyen la leche y la miel, tal como el Señor, Dios de tus antepasados, te lo prometió.
4»¡Escucha, Israel! El Señor es nuestro Dios, solamente el Señor. 5Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. 6Debes comprometerte con todo tu ser a cumplir cada uno de estos mandatos que hoy te entrego. 7Repíteselos a tus hijos una y otra vez. Habla de ellos en tus conversaciones cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. 8Átalos a tus manos y llévalos sobre la frente como un recordatorio.9Escríbelos en los marcos de la entrada de tu casa y sobre las puertas de la ciudad.”
Vemos más adelante, en el Nuevo Testamento, cómo la Iglesia y las distintas funciones dentro de la misma están diseñadas para la formación y preparación de la comunidad de creyentes para que puedan hacer la obra de Dios:
11Ahora bien, Cristo dio los siguientes dones a la iglesia: los apóstoles, los profetas, los evangelistas, y los pastores y maestros. 12Ellos tienen la responsabilidad de preparar al pueblo de Dios para que lleve a cabo la obra de Dios y edifique la iglesia, es decir, el cuerpo de Cristo.13Ese proceso continuará hasta que todos alcancemos tal unidad en nuestra fe y conocimiento del Hijo de Dios que seamos maduros en el Señor, es decir, hasta que lleguemos a la plena y completa medida de Cristo.” (Efesios 4:11-13, NTV)
Incluso, vemos a niveles que son difíciles de comprender la profundidad y extensión de la comunidad cristiana y que de maneras muy interesantes, es inescapable el carácter comunitario y generacional de la Iglesia y la vida cristiana:
“18Ustedes no se han acercado a una montaña que se pueda tocar, a un lugar que arde en llamas, un lugar de oscuridad y tinieblas, rodeado por un torbellino, como les sucedió a los israelitas cuando llegaron al monte Sinaí. 19Ellos oyeron un imponente toque de trompeta y una voz tan temible que le suplicaron a Dios que dejara de hablar. 20Retrocedieron tambaleándose bajo el mandato de Dios: «Si tan solo un animal toca la montaña, deberá morir apedreado».21Incluso Moisés se asustó tanto de lo que vio, que dijo: «Estoy temblando de miedo».
22En cambio, ustedes han llegado al monte Sión, a la ciudad del Dios viviente, a la Jerusalén celestial, y a incontables miles de ángeles que se han reunido llenos de gozo. 23Ustedes han llegado a la congregación de los primogénitos de Dios, cuyos nombres están escritos en el cielo. Ustedes han llegado a Dios mismo, quien es el juez sobre todas las cosas. Ustedes han llegado a los espíritus de los justos, que están en el cielo y que ya han sido perfeccionados. 24Ustedes han llegado a Jesús, el mediador del nuevo pacto entre Dios y la gente, y también a la sangre rociada, que habla de perdón en lugar de clamar por venganza como la sangre de Abel.” (Hebreos 12:18-24, NTV)
El peligro más grande que acecha a la Iglesia, a los creyentes hoy en día es que han comprado la privatización de su fe.  Contrario a lo que leímos en los textos anteriores, se ha confundido del hecho de que la relación con Dios y la salvación son algo personal, con una falsa idea de que la vida cristiana es individual, del fuero interno y que se puede vivirla exitosamente desconectados de nuestra historia, de nuestra familia y de nuestra iglesia local.
Cipriano de Cartago, en el siglo 3, escribió en su tratado sobre la unidad de la Iglesia que: “Nadie puede tener a Dios por Padre que no tenga a la Iglesia por madre.”  Para nosotros como evangélicos, esta afirmación es difícil de aceptar.  Creemos y afirmamos, de manera correcta y bíblica, que la relación de cada cristiano con Dios es individual, que el proceso de salvación y santificación también es parte del trato personal con Dios de cada uno, sin embargo, obviamos el hecho de que para vivir de manera obediente los mandamientos de Dios, seguir las instrucciones de Jesús y ser fiel a lo que la Biblia nos llama, la vida y la transmisión de la fe sólo pueden hacerse en familia, en comunidad, en iglesia.   Es un precio que, al parecer, no todos estamos dispuestos a pagar y le huimos a la iglesia y creemos -erróneamente- que un video o prédica en audio bajada de internet sustituyen eso.  Estamos equivocados.
El individualismo mal entendido -aquel que es egocéntrico, que no considera al “otro” con dignidad y valor, sino como medio para alcanzar los propios fines sin considerar el costo, cuyo valor supremo es el “derecho a ser feliz”, y que se resiste a la vida en comunidad- ha penetrado a la Iglesia, y es tiempo de recobrar lo que significa ser verdaderamente persona, verdaderamente cristiano, verdaderamente individuo y paradójicamente, eso sólo lo podemos descubrir en relación genuina, profunda, deliberada y humilde con otros, especialmente en casa, con nuestra familia, y en la iglesia, con nuestros hermanos y hermanas.
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