Apasionada por Dios y Su gracia

Keira Knightley as Lizzie Bennet in the 2005 film Pride and Prejudice

En mi último post me puse en los zapatos de Alicia y compartí mi respuesta a la pregunta de la Oruga: “¿Quién eres tu?” partiendo de la antropología cristiana. Pero, tengo que confesar que en mi cabeza el tema siguió dando vueltas… de una forma más personal.

Una noción de mujer

A lo largo de la historia de la humanidad (partiendo de una idea antropológica) se ha desarrollado no solamente una noción de persona humana, sino una noción de hombre y mujer, que luego se manifiesta en la cultura y se representa en nuestro día a día.

“––Me asombra ––dijo Bingley–– que las jóvenes tengan tanta paciencia para aprender tanto, y lleguen a ser tan perfectas como lo son todas. ––¡Todas las jóvenes perfectas! Mi querido Charles, ¿qué dices? ––Sí, todas. Todas pintan, forran biombos y hacen bolsitas de malla. No conozco a ninguna que no sepa hacer todas estas cosas, y nunca he oído hablar de una damita por primera vez sin que se me informara de que era perfecta. ––Tu lista de lo que abarcan comúnmente esas perfecciones ––dijo Darcy–– tiene mucho de verdad. El adjetivo se aplica a mujeres cuyos conocimientos no son otros que hacer bolsos de malla o forrar biombos. Pero disto mucho de estar de acuerdo contigo en lo que se refiere a tu estimación de las damas en general. De todas las que he conocido, no puedo alardear de conocer más que a una media docena que sean realmente perfectas. ––Ni yo, desde luego ––dijo la señorita Bingley. ––Entonces observó Elizabeth–– debe ser que su concepto de la mujer perfecta es muy exigente. ––Sí, es muy exigente. ––¡Oh, desde luego! exclamó su fiel colaboradora––. Nadie puede estimarse realmente perfecto si no sobrepasa en mucho lo que se encuentra normalmente. Una mujer debe tener un conocimiento profundo de música, canto, dibujo, baile y lenguas modernas. Y además de todo esto, debe poseer un algo especial en su aire y manera de andar, en el tono de su voz, en su trato y modo de expresarse; pues de lo contrario no merecería el calificativo más que a medias. ––Debe poseer todo esto ––agregó Darcy––, y a ello hay que añadir algo más sustancial en el desarrollo de su inteligencia por medio de abundantes lecturas. ––No me sorprende ahora que conozca sólo a seis mujeres perfectas. Lo que me extraña es que conozca a alguna. ––¿Tan severa es usted con su propio sexo que duda de que esto sea posible? ––Yo nunca he visto una mujer así. Nunca he visto tanta capacidad, tanto gusto, tanta aplicación y tanta elegancia juntas como usted describe.” Orgullo y Prejuicio, Jane Austen

Jane Austen es reconocida por representar la sociedad inglesa del siglo XIX en sus novelas, y aunque este diálogo, se enmarca en ese contexto particular, para mí es un ejemplo de como en ese diario vivir encontramos la noción de lo que es o debería ser una mujer. Aún fuera de ese contexto, puedo de alguna manera identificarme en el diálogo, solo tengo que hacer unos pequeños cambios de contexto.

Quizá en vez de pintar, forrar biombos y hacer bolsitas de malla, tendría que pensar en trabajar o tener algún hobby, cocinar, hacer crossfit, pilates, yoga (o algún deporte); en lugar de tener un conocimiento profundo de música, canto, dibujo, baile y lenguas modernas, podría pensar en tener estudios universitarios, estar en forma (además de pelo, piel y uñas como de salón), buen ritmo al bailar, sentido del humor, y hablar más de un idioma. Por favor, no me mal interpreten no estoy en contra de estas cosas, además como amante de un buen libro me gustó que el Señor Darcy haya agregado el desarrollo de su inteligencia por medio de abundantes lecturas.

Apasionada por Dios y Su gracia

Sin embargo, entiendo el argumento de Elizabeth, al reconocer el peso que la sociedad puede poner sobre la mujer en cuanto a quién debería de ser y cómo debería de actuar, basándose en una noción humana de perfección que para nosotras es imposible de alcanzar. Somos pecadoras por naturaleza y elección, no hay en nosotras perfección. (Romanos 1:21-23, Romanos 3:10-11,23).

¡Cuánto quise ser perfecta! ¡Cuánto trate de serlo! Sí, la joven correcta, la joven perfecta. Poniendo mi valor e identidad en la opinión de las personas a mi alrededor, tratando de justificarme en mi propia razón. Pero Dios en su misericordia me dejó fallar una y otra vez, hasta que reconocí que no se trataba de mí, que mi historia era parte de una historia aún mayor, reconocí quién es El y entonces pude conocer quién soy yo.

Quién soy como mujer, mi cuerpo y la belleza en el; mi habilidad intelectual y la capacidad de crear, mi pasión por los proyectos y las ideas detrás de ellos, cuánto disfruto imaginar la imagen completa y jugar con los detalles; tener libertad de sentir, amar, reír y llorar; enfrentar mis temores, sombras y días grises; abrazar mis sueños, anhelos y deseos del corazón, aún el sexto sentido que dicen que tenemos. Y en todo esto aprendí que soy suya y que eso es todo y suficiente, aprendí que su perfecto y mi perfecto son diferentes y como día a día Su amor y Su gracia me sostienen (Isaías 43:1, Efesios 2:4-5).

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