En los zapatos de Alicia

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Esta semana, en distintos almuerzos con amigos y nuevos amigos, hablando de todo un poco, una y otra vez parecía que en nuestra conversación había un denominador común: la persona humana y su dignidad, así que aquí algunas reflexiones.

Una noción de persona

“-¿Quién eres tu?- dijo la Oruga.
-Yo… este… apenas lo sé, señor, en este mismo momento… por lo menos sé quién era cuando me levanté por la mañana, pero creo que debo de haber sido cambiada varias veces desde entonces. -¿Qué quieres decir con eso?- dijo la Oruga severamente-, ¡Explícate!
-Me temo que no puedo explicarme, señor -dijo Alicia-, porque no soy yo, si me entiende.” Lewis Caroll. Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas.

Una de las grandes preguntas de todo el pensamiento humano es ¿Quién soy? En el mundo postmoderno la respuesta está llegando a ser “no sé”. Esto es sumamente peligroso, la pérdida de identidad provoca la pérdida de sentido; entonces se pierden las respuesta a preguntas importantes sobre nuestra humanidad, nuestra vida e incluso nuestra muerte.

No intento, ni pretendo hacer de esto un ensayo de antropología cristiana pero reconozco que si yo estuviera en los zapatos de Alicia tendría que ir a ésta para responder la pregunta de la Oruga, ya que la antropología es el marco dentro del cual se germinan las ideas sobre el hombre y sus actos; el pensamiento de quienes somos es el punto de partida del crecimiento o decadencia de las personas, familia, sociedades y naciones.

En los zapatos de Alicia

Mi respuesta sería algo así… (citando las Escrituras y algunos de mis antropólogos personalistas más queridos)

Soy un ser espiritual con alma y cuerpo (1 Tesalonicenses 5:23). Creada a su imagen y semejanza (Génesis 1:26). Mi vida: espíritu, alma y corporeidad humana, tienen dignidad y valor desde el día de mi concepción hasta el día de mi muerte. Que Dios confirma por medio de la encarnación del Verbo y su resurrección corporal, que de no haberlo hecho sería inconcebible pensar que Jesús siendo Dios tomara forma de hombre.

Emmanuel Mounier lo describe de forma hermosa: “no puedo pensar sin ser; ni ser sin mi cuerpo; yo estoy expuesto por él a mi mismo, al mundo, a los otros; por él escapo a la soledad de un pensamiento, que no seria mas que pensamiento de mi pensamiento. Al impedirme ser totalmente transparente a mi mismo, me arroja sin cesar fuera de mi en la problemática del mundo y las luchas del hombre. Por la solicitación de los sentidos me lanza al espacio, por su envejecimiento me enseña la duración, por su muerte me enfrenta con la eternidad. Hace sentir el peso de la esclavitud, pero al mismo tiempo esta en la raíz de toda conciencia y de toda vida espiritual. Es el mediador omnipresente de la vida del espíritu.”

Singular, en mi naturaleza racional, con la capacidad de conocer la Verdad (Juan 14:6). En palabras de Carlos Díaz: “Para nosotros cristianos, Cristo es la Verdad y la filosofía, la que se nutre de la entraña teológica; todo cuanto elaboren ulteriormente los filósofos se encontrará abierto por la Revelación bíblica exigiendo nuestro ejercicio filosófico por un tranquilo análisis de datos revelados para incorporar ideas, valores, principios emanados de la historia de la Revelación y condensados en la persona de Cristo y que “se vuelven filosóficos cuando se hace abstracción de la persona de donde brotan.”

Pecadora por naturaleza y elección propia (Romanos 3:23), en Cristo Jesús justificada, adoptada y redimida, viviendo mi vida como un proceso de santificación, esperando el día de glorificación (Romanos 8:29-30).  Juan Pablo II lo expone así: “La vida humana entera es un coexistir en la dimensión cotidiana -tu y yo- y también en la dimensión absoluta y definitiva yo y Tu. La tradición bíblica gira en torno a este Tu; que en primer lugar es el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Dios de los Padres, y después el Dios de Jesucristo y de los Apóstoles, el Dios de nuestra fe. Nuestra fe es profundamente antropológica, esta enraizada constitutivamente en la coexistencia, en la comunidad del pueblo de Dios y en la comunión con este eterno Tu. Una coexistencia así es esencial para nuestra tradición judeocristiana, y proviene de la iniciativa del mismo Dios. Esta es la linea de la creación, de la que es su prolongación, y al mismo tiempo es -como enseña San Pablo- la eterna elección del Hombre en el Verbo que es el Hijo.” 

 ¿Cuál sería tu respuesta?

Como Alicia, cada uno de nosotros se enfrenta esta pregunta de forma individual en su día a día y de forma colectiva como Iglesia, estamos delante de un reto histórico y universal. La antropología cristiana puede pensarse como la matriz en donde se gestará el pensamiento que enfrentará el paradigma del hombre postmoderno y el paradigma de ser iglesia para esta generación.

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