¿Está desapareciendo la Paternidad?

(Traducción mía del artículo “Is Fatherhood Fading Out?” por Alexandra Kuykendall, disponible en inglés aquí.)

Desde niña, el Día del Padre marcaba de manera diferente los restantes 364 días del año dado que era un estruendoso recordatorio de que no tenía un papá qué celebrar.  La ausencia de esa crítica relación masculina no sólo me hacía sentir sola y excluida, sino que también impactó mi entendimiento del mundo y mi lugar en él.

Luego de reflexionar acerca del impacto que la ausencia de mi padre causó en mi como niña, mujer, esposa y madre en mi libro, “The Artist’s Daughter”, otras personas se han acercado a mi a contarme historias similares de abandono y lucha.  Nuestras historias colectivas confirman lo que las estadísticas gritan:  que el vínculo de un hijo con su papá es esencial.  Ya sea que nuestros padres hayan sido buenos, malos o simplemente no hayan estado allí, esta relación moldea la manera en que entendemos nuestra propia identidad.

Aún así, vivimos en un país en donde demasiados de nosotros hemos tenido una relación quebrantada con papá.  En Estados Unidos, 1 de cada 3 niños vive apartado de su padre biológico.  Un artículo reciente del Washington Post presentaba el dilema con un título bastante provocativo: The new F-Word – Father.  En este artículo, Kathleen Parker plantea una pregunta importante a la luz de la discusión actual acerca de las estadísticas de mujeres que proveen el sustento para sus hogares en Estados Unidos: “En la evolutiva economía del siglo 21, ¿de qué sirven los hombres?”

Parker concluye:

“Las mujeres se han vuelto más autosuficientes (algo bueno) y, dado que aún realizan la mayor parte del quehacer doméstico y la crianza de los hijos, ¿por qué deberían invitar a un hombre a unirse al relajo?  Porque, sencillamente, los niños necesitan un padre… En lo más profundo del corazón de cada niño humano burbujea una pregunta muchísimo más profunda de lo que nos imaginamos: ¿Quién es mi papi?  Y tristemente en estos días, ¿dónde está?  Aunque sea posible que las madres solteras tengan toda la capacidad, amor y conocimiento para criarnos, la ausencia de papá seguirá impactando.  Todos los estudios demuestran que los niños con padres ausentes están mayormente predispuestos a la pobreza, no concluir sus estudios, tener fracasos matrimoniales e incluso terminar en la cárcel, en comparación con aquellos cuyos padres estaban involucrados en sus vidas.  Los datos confirman cuánto importan los padres en el bienestar físico y emocional de un niño.  La paternidad, al final de cuentas, resulta siendo una cuestión de justicia social.

Lamentablemente, es en este punto en el que la Iglesia termina la conversación.  Lamentamos los cambios en las estructuras familiares y expresamos indignación ante las últimas estadísticas.  Llevamos a los padres ausentes a la primera fila de la guerra cultural, empacándolos alrededor de las cambiantes definiciones de matrimonio y familia.  Al predicar y debatir, los Días del Padre vienen y van y millones de niños continúan viviendo sin la relación masculina más importante e influyente que continuara dando forma a su identidad a lo largo de todas sus vidas.

Si nos tomamos en serio las palabras de Santiago y entendemos la verdadera religión como el cuidado de los huérfanos y las viudas (Santiago 1:27), debemos entender como parte de nuestro llamado la paternidad fuerte y la prevención de la orfandad.  ¿Cómo podemos apoyar de manera práctica la idea de que los niños mantengan su relación con sus padres si en última instancia la responsabilidad cae únicamente sobre el padre?

Podemos –sin hacer gran alarde de ello- apoyar a los padres que conocemos, incluyendo a aquellos que viven con sus hijos y aquellos que no.  Como cristianos, podemos ofrecerle a los padres oportunidades para conectar con sus hijos.  Esto no significa planear otro carnaval o baile padre-hija, aunque estos son lindos eventos.  En lugar de esto, como familias y comunidades cristianas, debemos incentivar las relaciones orgánicas entre papás e hijos.  A pesar de que las relaciones pueden ser redimidas en cualquier etapa, mientras más temprano se cultive el vínculo papá-hijo, mayor será el beneficio para el niño.  Podemos invitar a un padre y sus hijos a nuestras vidas, las cosas que ya estamos haciendo para que ellos puedan experimentar la vida juntos.  Apoyamos a los papás al invitar a la familia a cenar, invitarlos a acampar o inscribiéndonos juntos a actividades deportivas.  Montar un baile de papá-hija es algo más fácil de ejecutar porque es un evento que acaba al terminar la noche, mientras que una relación orgánica no tiene un horario de finalización.  Es este tipo de viaje “hombro con hombro” que permite a un papaá conectar y estar junto con sus hijos e hijas.

Apoyamos la relación de mamá y papá, a pesar de los cambios culturales que se están dando alrededor del matrimonio.  Muchas parejas eligen tener hijos antes de decidir si se casan;  los datos más recientes muestran que el 48% de los nacimientos primerizos son de mujeres solteras.  A pesar de que muchos padres solteros o que se han vuelto a casar permanecen comprometidos con sus hijos a pesar de no tener una relación con su mamá, ese arreglo se torna cada vez más difícil y complicado.  Para ponerlo en términos sencillos, un papá estará mas involucrado en la vida de sus hijos si él y su mamá están juntos.

Entonces, como cristianos a los que nos preocupa la paternidad, debemos afirmar la importancia de la relación entre mamá y papá, aun si estos no están casados.  Para algunos de nosotros, este es terreno escabroso: el apoyar relaciones que no son lo que nos gustaría que fueran.  Podemos apoyar de manera práctica a estas parejas para que no se sientan aisladas.  Cuándo nos ofrecemos para cuidar a los hijos de amigos para que puedan ir a consejería o a cenar, estamos ayudándoles a construir relaciones más sanas – tanto entre la pareja, como también entre los hijos con su papá y mamá.  Cuándo oramos con y por las parejas que tienen problemas, cuándo somos abiertos en discutir nuestras propias luchas dentro del matrimonio, modelamos perseverancia en momentos difíciles y eso a su vez, apoya a los padres que están presentes.

Tristemente, debemos reconocer que no todos los papás son personas seguras, y a veces una relación cortada es lo mejor para los hijos y la madre.  Sin embargo, en los casos en dónde la conexión y la reconciliación son posibles, podemos extender nuestro apoyo.

Hacemos todo esto en amor.  Nuestra meta no es librar una guerra cultural, sino amar a Dios con todo nuestro corazón y amar a otros de la manera en que queremos ser amados.  Nuestro objetivo es cuidar a los huérfanos y viudas, incentivar a que las familias terrenales reflejen el amor de nuestro Padre.  Para hacer esto, nosotros como cristianos debemos actuar en amor hacia los padres y los niños.  Apoyar la paternidad no requiere un proyecto o campaña política, sino algo mucho más profundo: relaciones reales con la gente alrededor nuestro.  Debemos reconocer y estar agradecidos por los padres responsables y amorosos que conozcamos.  Debemos ser pacientes y ayudar a los hombres que están trabajando en convertirse en mejores padres.  Deberíamos motivar la reunión y la reconciliación entre los papás que viven lejos de sus hijos o que se han distanciado a lo largo del tiempo.

Dios se llama a sí mismo “Padre” a propósito.  Este nombre encarna confianza, provisión y seguridad.  Ayudémonos los unos a los otros a movernos cada vez más cerca de esa santa representación, con la certeza de que siempre tropezaremos y nos quedaremos cortos, pero a pesar de esto, es una relación y un ideal que debemos nutrir.

Alexandra Kuykendall es madre y la editora de contenido lider de  MOPS International (Mothers of Preschoolers), un ministerio dirigido a madres de niños pequeños. Sus memorias en el libro  The Artist’s Daughter, exploran su propio viaje de desarrollo de identidad y sentido en la vida desde su niñez a su matrimonio y maternidad.  Pueden conectarse con ella en AlexandraKuykendall.com

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