Meditaciones de Adviento #2: El Maravilloso Dios de María

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María es la primer testigo de que Dios está a punto de hacer algo más que maravilloso.  Dios está por alterar la historia de la humanidad.  Están por empezar las tres décadas más importantes de toda la historia.  En respuesta a semejante acontecimiento, María únicamente puede explotar en una hermosa canción para Dios:

46Entonces María dijo:

«Mi alma glorifica al Señor,
47y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador.
48Pues se ha dignado mirar a su humilde sierva,
Y desde ahora me llamarán dichosa
por todas las generaciones.
49Grandes cosas ha hecho en mí el Poderoso;
¡Santo es su nombre!
50La misericordia de Dios es eterna
para aquellos que le temen.
51Con su brazo hizo grandes proezas,
y deshizo los planes de los soberbios.
52Derrocó del trono a los poderosos,
Y puso en alto a los humildes.
53A los hambrientos los colmó de bienes,
y a los ricos los dejó con las manos vacías.
54Socorrió a su siervo Israel,
y se acordó de su misericordia,
55de la cual habló con nuestros padres,
con Abrahán y con su descendencia para siempre.» (Lucas 1:46-55 RVC)
Es increíble darnos cuenta que estando a las puertas de semejante acontecimiento Dios está ocupándose de dos mujeres que de cualquier otra forma, quizás nunca hubiésemos sabido de ellas.  Una es una mujer mayor y estéril (Elisabet) y la otra es una jovencita virgen (María).  Esta canción, conocida ahora como el “Magnificat” es la respuesta de María a esta visión que ella llega a tener de Dios…un Dios que ama a los humildes.
Ambas, María y Elisabet son las heroínas en esta historia que Lucas traslada a Teófilo.  No debemos pasar por alto por qué.  La humildad y el gozo que ambas expresan ante la gracia de Dios en sus vidas es un verdadero ejemplo para todos nosotros.  Elisabet se pregunta: “¿Cómo pudo sucederme que la madre de mi Señor venga a visitarme?” (Lucas 1:43) y María afirma: “Pues se ha dignado mirar a su humilde sierva, Y desde ahora me llamarán dichosa por todas las generaciones.” (Lucas 1:48 RVC)
Es únicamente cuándo nuestra alma reconoce y se asombra con humildad de la manera en que Dios se acercó a nosotros que realmente podemos magnificarle y adorarle con todo nuestro ser.

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