La Revolución de Dios

 por Jorge Velarde Rosso *

Los santos, como hemos dicho, son los verdaderos reformadores.

Ahora quisiera expresarlo de manera más radical aún: sólo de los santos, sólo de Dios proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo.  Benedicto XVI  JMJ 2005L 

La propuesta de Ratzinger es provocadora y fuerte. Pero ¿es práctica? ¿Es realizable? ¿No son acaso las buenas intenciones de un anciano –que además es teólogo– y por lo tanto no conoce ni entiende el mundo actual? O por el contrario, esa provocadora y audaz propuesta ¿no surge más bien de un conocimiento amplio y profundo del mundo? Un conocimiento tal, que le permite proponer una solución de raíz, estructural de la sociedad, que la mayoría de los mortales no somos capaces de percibir.

¿Viejo desactualizado? ¿Vanguardista visionario? La respuesta dependerá en gran medida de la posición ideológica, doctrinal, moral del que quiera responderla. Y el que sean realizables sus propuestas dependerá en gran medida del estudio serio y detallado que se haga de su pensamiento, para desentrañar todo lo que permanece en potencia en sus escritos. ¡A esa apasionante tarea quiero dedicar mis mejores esfuerzos!

Y eso en virtud –no sólo a la personal admiración que profeso públicamente hacia Ratzinger–, sino a la real necesidad de hacerlo.

Quien haya leído los escritos de Ratzinger, encontrará pronto varias repeticiones. Él insiste mucho sobre muchos temas –ya desde sus primerísimos escritos–. Tal vez, porque cuando estaba alcanzando la cumbre de su actividad docente universitaria, justo entonces, Dios, el Papa, la Iglesia, el establishment católico o lo que se quiera, lo llamó a la labor pastoral. Relictis ómnibus…y dejándolo todo se convirtió en el nuevo arzobispo de Munich-Frisinga, en 1977. En pocos meses ingresó al colegio cardenalicio y en pocos años se convirtió en uno de los hombres más importantes de la curia romana, en la mano derecha de Juan Pablo II. Como él mismo confiesa en su autobiografía, este paso no estuvo exento de dolor, pues dejó lo que más amaba por seguir a quien más amaba, considerándose desde entonces en el iumentum de Dios, en el burrito de Dios –se puede decir sin forzar la traducción–.

Es curioso, que en este contexto resulte casi profética una respuesta dada por San Josemaría Escrivá de Balaguer a una niña curiosa. Ella preguntó al santo por qué le gustaban tanto los ‘burritos’, y sin pensarlo ni un instante él respondió: ¡porque tienen cara de catedráticos! –risa generalizada del público–. ¡Pues en este caso así es! ¡El burrito de Dios es el maestro de los hombres!

Desde entonces, Ratzinger no ha dejado de escribir ni de publicar –y por lo tanto de estudiar– pero sí ha tenido que hacerlo con muchísima menos dedicación de la que él mismo hubiera querido. De hecho, las mencionadas publicaciones son casi todas recopilaciones de artículos y ponencias, que el autor fue preparando en diversos momentos y para variados públicos. Así se explican sus títulos; Fe, Verdad y Tolerancia; Iglesia, Ecumenismo y Política; Verdad, Valores, Poder, etc., pues esos libros no son más que la recopilación de artículos sobre temas relacionados. No quisiera dejar de hacer notar que no todo profesor, ni pensador es capaz de publicar libros que sirvan de referencia con un par de artículos sueltos. Es una verdadera demostración de inteligencia.

Mucho más si uno se toma la molestia de leer los prólogos de dichos libros, donde casi indefectiblemente, Ratzinger pide disculpas al lector por no presentar una obra más pulida, más completa, más trabajada. Puede parecer falsa humildad, soberbia de su parte, pues quien lo lee, se encuentra inmediatamente con una mente brillante. Pero su petición de disculpas es sincera porque va dirigida no solo al lector, sino hacia sí mismo, como pidiéndole disculpas a su inteligencia porque su voluntad no va a dedicarle más tiempo a su curiosidad intelectual.

Y eso porque sabe que para estar con Él – a quien verdaderamente ama– debe ser burrito y no tanto maestro… et ego semper tecum.

Pero como la humildad es la verdad –su tema favorito– sabe perfectamente que puede decir algo al mundo. De ahí que se anime a publicar – ¡y tanto! –.

Entonces –y aquí se torna apasionante el intento– es posible pensar que Ratzinger sea un autor que va directo a las raíces de los problemas abordados: ¡porque no tiene tiempo para irse por las ramas! Por lo tanto, muchas cosas quedan sin desarrollarse, quedan –como habíamos dicho– en potencia. Él no puede –aunque quisiera– dedicarse a estudiar pormenorizadamente los muchos temas que toca, y por eso adopta una estrategia muy típica de un buen profesor: dejar tarea a sus ‘alumnos’.

Ratzinger lanza ideas madre, vetas de pensamiento, para que alguien las descubra y las desarrolle, pues él carece del tiempo necesario.

Casi por azar – o por providencia divina– creo haber encontrado una de esas vetas. Una veta que es, por derecho propio política. Ignoro si Ratzinger es consciente de ella –pues sus escritos son siempre, claramente teológicos–, pero a mi casi me parece verla. Esa es la razón por la cual estoy empeñado en profundizar mis conocimientos sobre Ratzinger, en ir a la caza de esta idea madre, en sacar de la tierra misma esta veta de pensamiento, porque Ratzinger tiene algo importante que transmitir al mundo de hoy, yo quiero, como deber de justicia con él y con la sociedad, explicitar y desarrollar –para intentar poner en práctica– la provocadora propuesta ratzingeriana.

* Jorge Velarde Rosso es Investigador Junior del Departamento de Investigaciones del Instituto Acton Argentina

2 comments

  1. Leo Rosales · junio 6, 2011

    Juan este artículo está alineado con una serie de cosas que aun estoy aterrizando, ando caminando un camino por el que veo que pasaste hace años jaja, todavía tenes un grupo o algo parecido?

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