Idolatría: Nuestra Batalla Constante

“Aquellos pueblos adoraban al Señor, y al mismo tiempo servían a sus propios ídolos.  Hasta el día de hoy sus hijos y sus descendientes siguen actuando como sus antepasados.” (2 Reyes 17:41)

¡Qué cuadro más espeluznante!  Este versículo refleja de manera explícita la condición de nuestros corazones y a la vez, nos pinta un cuadro de las consecuencias directas si no paramos, admitimos nuestra condición y buscamos en el Señor restauración y la transformación de nuestros corazones.

El evangélico tiende a gravitar a tétricas imágenes de estatuas cuándo piensa en “idolatría” y tendemos a eximirnos de culpa de este pecado, sin darnos cuenta que constantemente estamos sumidos en la tensa lucha por quién o qué ocupa el lugar central de nuestro corazón, de nuestra devoción y nuestra pasión.

Martín Lutero lo dijo bien: “Cualquier cosa hacia donde ponemos la mirada en busca de algo bueno y de refugio en cualquier necesidad, a eso llamamos “dios”.  Para tener un dios no necesitamos sino confiar y creer en él con el corazón…Cualquier cosa a la que le demos nuestro corazón y confiamos nuestro ser, eso es, digo yo, nuestro dio.” (Catecismo de Martín Lutero – traducción mía).

El efecto de la idolatría de nuestro corazón hacia cualquier cosa que nos aleja de la centralidad que debe tener Dios, se hace evidente en nuestros conflictos personales: “¿De dónde surgen las guerras y los conflictos entre ustedes? ¿No es precisamente de las pasiones que luchan dentro de ustedes mismos? Desean algo y no lo consiguen.  Matan y sienten envidia, y no pueden obtener lo que quieren.  Riñen y se hacen la guerra.  No tienen, porque no piden.  Y cuándo piden, no reciben porque piden con malas intenciones, para satisfacer sus propias pasiones.” (Santiago 4:1-3 NVI)

Ken Sande, director de Peacemaker Ministries,  en su libro “The Peacemaker“, nos ayuda a entender la trampa de la idolatría y sus perniciosos efectos sobre las personas que más amamos y que irónicamente, son a las que tendemos a transformar en ídolos en nuestro corazón.

De acuerdo a Sande, los ídolos de nuestro corazón van progresando en 4 fases que nos meten de lleno en conflicto con otras personas:

1. Deseos: De acuerdo a Santiago, la raíz de nuestros conflictos está en que deseos de nuestro corazón no han sido satisfechos.  No nos referimos únicamente a los deseos pecaminosos (venganza, lujuria, avaricia, etc.) sino incluso a aquellos deseos que regularmente no conllevan pecado (paz, tranquilidad, una vida familiar amorosa, un mejor empleo, una iglesia próspera,etc.) pueden degenerar en conflictos si no son satisfechos en nuestro corazón.

2. Exigencias/Demandas: Al no ver vistos satisfechos nuestros deseos, estos pueden echar una raíz más profunda en nuestros corazones.  Esto puede exacerbarse todavía más si empezamos a ver al deseo como algo que necesitamos o peor aún, que merecemos.  Esto puede meternos en un círculo vicioso en dónde nuestros aparentemente legítimos deseos se ven insatisfechos y al desearlos más, creemos que los merecemos más, y mientras más creemos que los merecemos, menos felices y seguros nos sentiremos si no los vemos satisfechos.  Pasamos de un “me gustaría tener esto” a un “¡necesito tener esto!”.  En este momento ese deseo controla nuestra mente y comportamiento y se convierte en lo que bíblicamente llamamos un ídolo. Es algo a quién le entregamos el corazón (Lucas 12:29, 1 Corintios 10:19), que nos motiva (1 Corintios 4:5) que nos gobierna (Salmo 119:133, Efesios 5:5) o en en quien confiamos, a quien tememos o servimos (Isaías 42:17, Mateo 6:24, Lucas 12:4-5).  Es algo a quien amamos o perseguimos más que a Dios (ver Filipenses 3:19).

3. Juicio: Nuestras exigencias idolátricas nos llevan a juzgar a otros.  Cuándo otros no llenan o satisfacen los deseos de nuestro corazón o nuestras expectativas, los criticamos y condenamos en nuestros corazones, con nuestras palabras e incluso, con nuestras acciones.  Este es terreno sumamente peligroso porque al juzgar y condenar a otros en nuestro corazón por no satisfacer nuestros deseos, estamos imitando al diablo (ver Santiago 3:15 y 4:7) y nos metemos en un doble problema: hemos permitido que un deseo idolátrico gobierne nuestro corazón y nos hemos hecho a nosotros mini-dioses capaces de juzgar a los demás.  Esto nos pone en trayectoria directa a un conflicto sumamente doloroso, porque nuestro juicio pecaminoso sobre otras personas se ve caracterizado por sentimientos de superioridad, indignación, condenación, amargura y resentimiento.  Generalmente nos ponemos a especular sobre las motivaciones de la otra persona y revela en nosotros una tremenda falta de amor genuino y preocupación por él o ella.  En relaciones como el matrimonio, esto se puede complicar aún más, porque mientras más cercanos seamos a la otra persona, más esperamos de ella y estamos más propensos a juzgarles cuándo fracasan en satisfacer nuestras expectativas.

4. Castigo: Los ídolos exigen sacrificios.  Cuándo alguien falla en satisfacer nuestras demandas y expectativas, nuestro ídolo exige que esta persona sufra.  Ya sea de manera intencional o inconscientemente, encontraremos maneras de lastimar y/o castigar a esas personas hasta que satisfagan nuestra demanda. Lo que estamos haciendo es básicamente colocándolos en el altar de sacrificio de nuestro ídolo, y ofreciéndolos a través de nuestras palabras o acciones hasta que cedan a nuestros deseos y nos den lo que queremos.

¿Qué hacemos entonces? ¿Cómo sanamos un corazón idólatra? La única respuesta está en el Evangelio, en rendir y ceder todo nuestro ser delante de Jesús y confiar en su obra propiciatoria en la Cruz para pagar el precio de nuestros pecados y convertirse en la única y principal fuente de nuestro gozo, esperanza y satisfacción.  Amar (Mateo 22:37), temer (Lucas 12:4-5) y confiar en Dios (Juan 14:1) nos dará la humildad necesaria para dejar de buscar la salvación en “dioses” funcionales y nos moverá a gozarnos en el Creador, en lugar de buscar nuestra satisfacción en la creación.

A quienes les gustan los “pasos prácticos” aquí hay algunas preguntas que pueden ayudarnos a examinar nuestros corazones y poder identificar si estamos cediendo ante nuestros deseos y potencialmente convertirlos en ídolos:

  1. ¿Qué me preocupa? ¿Qué es lo primero en mi mente en la mañana y lo último en mi mente en la noche?
  2. ¿Cómo respondería a la pregunta: “Si yo tan solo ____, entonces yo estaría feliz, satisfecho y seguro.”?
  3. ¿Qué quiero preservar o evitar a toda costa?
  4. ¿Dónde pongo mi confianza?
  5. ¿A qué le temo?
  6. Si algún deseo no se ve satisfecho, ¿me siento frustrado, ansioso, resentido, amargado, enojado o deprimido?
  7. ¿Existe algo que desee tanto que esto dispuesto a lastimar o decepcionar a otros con tal de obtenerlo?

Preguntas difíciles, pero créanme, cuando agarramos valor para enfrentar a nuestro pecado cara a cara y nos agarramos únicamente del Evangelio para nuestra seguridad, esperanza y victoria para hoy y el futuro, la disciplina por nuestro pecado (Hebreos 12) y la nueva y renovada relación con Dios que empezamos a experimentar, hacen que valga muchísimo más la pena ser honestos y genuinos y admitir nuestras imperfecciones que escondernos de Dios y esperar a estar “en paz con nosotros mismos” y luego buscarlo a El.  ¡No perdamos el tiempo! ¡El Salmo 32 nos debe llenar de esperanza de encontrarnos con un Dios perdonador y sanador que busca nuestro corazón, nuestro gozo y quiere lo mejor para nosotros!

¡Pilas!

2 comments

  1. David Aguirre · octubre 25, 2010

    excelente te mando un abrazo
    … mira eso…. En eso la iglesia actual se ha convertido…

    http://www.tiempologico.com/2010/10/cuando-el-evangelio-pierde-su-objetivo.html

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