¡Ya entendí qué es lo que faltaba!

Aclaro mi posición antes de empezar. Estudié economía en la Universidad Francisco Marroquín, universidad conocida por su compromiso con las ideas de la libertad. Complementando eso, soy cristiano y siempre he entendido la valoración de las ideas de la libertad (y su aplicación en las diversas áreas de la vida) como las ideas más compatibles con mi fe. Incluso mi tesis de graduación, escrita en 1999, busca expresar en términos más próximos al lector cristiano, la importancia de conocer, entender, vivir y luchar por las ideas de la libertad. (Disponible aquí en PDF)

El contexto actual en el que todo el mundo ya dio por muerto el mal llamado “capitalismo” (dada la grave crisis económica y financiera global que ya todos conocemos) y en que instituciones como la Iglesia buscan retomar la credibilidad perdida luego de años de descuido el mensaje central del Evangelio, obliga a una seria reflexión sobre por qué es tan fácil para otros criticarnos y hacer de menos ideas que sabemos son correctas, y a reflexionar por qué se nos dificulta tanto articular de manera relevante, accesible y emocionante temas tan fundamentales como el Evangelio y la verdadera libertad que fluye de allí.

Haciendo una lectura de dos pasajes de dos libros y autores que no guardan relación alguna, Ludwig von Mises y su magna obra “La Acción Humana“, y C.S. Lewis y su libro “Mero Cristianismo“, me doy cuenta en dónde nos hace falta reencontrar foco y volver a entender y enseñar para que el Evangelio y la libertad hagan más sentido en un mundo que ha perdido el norte.

Dice Mises, hablando acerca de la importancia de la educación en temas económicos en los últimos párrafos de “La Acción Humana”:

“El cuerpo del conocimiento económico es un elemento esencial en la estructura de la civilización humana; es el fundamento sobre el cual el industrialismo moderno y todos los logros morales, intelectuales, tecnológicos y terapéuticos de los últimos siglos han sido construído. Descansa con los hombres hagan el uso adecuado del rico tesoro que este conocimiento les da o lo dejen sin usar. Pero si fracasan en aprovecharlo al máximo y descartan sus enseñanzas y precauciones, no sólamente anularán la economía; destruirán a la sociedad y a la raza humana.”

Por el otro lado, C.S. Lewis nos presenta en su libro una visión importantísima acerca de la persona humana que debemos considerar:

“Si los individuos viven únicamente setenta años, entonces un estado, o una nación, o una civilización, que pueden durar mil años, es más importante que el individuo. Pero si el Cristianismo es cierto, entonces el individuo no sólo es más importante, sino incomparablemente más importante, porque es eterno y la vida de un estado o civilización, comparada con la suya, es únicamente un momento.”

¿Qué tiene que ver, se preguntarán, una cita sobre la educación económica y otra sobre la importancia del individuo? Aquí es dónde yo encuentro la idea más importante que necesitamos re-aprender: la importancia, valor y dignidad de la persona humana como ser amado por Dios y por quién Jesús murió y resucitó, y que ahora puede vivir en libertad, guiado por el Espíritu Santo en profunda entrega a Dios y al servicio de los demás.

Si nos quedamos con el paradigma que nos da Mises, nos quedamos muy cortos. No porque la educación en temas de economía no sea crucial (¡lo es! y gracias a instituciones como la UFM y el Acton Institute por dedicarse a entrenar a la gente en esto). Tampoco porque menospreciemos el poder que las ideas económicas (o su desconocimiento) tienen en la sociedad. Es porque Mises atribuye a la economía la tarea de fundamentar nuestros logros morales y como el los llama, los “terapéuticos”. Allí es dónde perdemos, porque el ser humano viene a ser insertado en “la máquina” del progreso económico libre, con la moral de la eficiencia, productividad y maximización de beneficios como ejes que guían la concepción de libertad.

C.S. Lewis nos recuerda el valor de la persona humana dentro del contexto del Evangelio. Es allí de dónde sacamos nuestro valor y dignidad, y es como consecuencia de un claro y humilide entendimiento del Evangelio que podemos verdaderamente vivir en libertad y en relación con los demás de manera tal que podemos aprovechar al máximo las oportunidades que un sistema económico fundamentado en este ideal nos puede dar. Pero no podemos dejar que nuestros logros morales sean producto de la oferta y la demanda, necesitamos asegurarlos al ancla de la Ley que Dios nos estableció, no como código restrictivo de conducta, sino como muestra de Su Gracia, Amor y deseo de que vivamos la vida “en abundancia” como consecuencia de la libertad que viene a nosotros como regalo de Jesús a través de Su vida, muerta y resurrección.

El peligro de una vida en libertinaje y desenfreno es igual que el peligro y la tristeza de una vida atada por legalismos morales. Ambos estilos de vida carecen de una cosa: una clara idea de quién es la persona humana y de dónde nace su valor inherente. Si empezamos a retomar estas ideas, hablar de nuestra fe y vivirla en defensa de la libertad que recibimos como herencia de la misma, empezará poco a poco a permear una sociedad inmediatista, materialista y desesperanzada.

¡Pilas!

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