Nuestras favelas (por Martín Rodriguez)

 Comparto con ustedes este artículo, sumamente fuerte, que leí hoy en Prensa Libre.  Creo, en definitiva, que estamos ante una crisis a la que la Iglesia no puede seguir siendo un expectador más, mientras miles y miles de jóvenes caminan a una muerte segura debajo de nuestras propias narices.

WACHIK´AJ

Martín RodríguezNuestras favelas

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Policías que corren al mediodía, con armas desenfundadas, tras un extorsionador; niños, mujeres y ancianos que lo ven natural; disparos, algún herido en forma accidental; ausencia total del Estado y de la dignidad. No es una escena de la película Tropa de Élite, en los asentamientos (las favelas) de Río de Janeiro, es Ciudad Guatemala, año 2008, en una descripción de Mirja Valdez, en elPeriódico (chapeau).

Las casas están hacinadas: una sola cama para la madre trabajadora, el padre (cuando hay) y cuatro hijos. Una escuela para cinco mil niños; las maras acechan; el narcotráfico coquetea; pega duro la inflación, y migrar parece la alternativa.

Del otro lado de la ciudad, la clase media trabajamos, derrochamos, disfrutamos; no pedimos facturas o damos el mínimo esfuerzo a cambio de que no se metan con nosotros; no confrontamos las injusticias o el racismo; compramos radios robados en el mercado La Presidenta, mercadería contrabandeada en la Sexta; nos quejamos del Gobierno, de la inseguridad o de que toque más impuestos “para regalar el pisto en ese programa que dizque traerá más niños a las escuelas”. Es el programa que ha dado más resultados en América Latina, para mantener la escolaridad y revivir las economías.

Ciertamente, los barrancos o la periferia de la ciudad quedan “tan lejos” del resto, casi como Gaza de Israel. Nos recordamos cuando de pronto hay asaltos, cuando no se puede caminar de noche, cuando es un martirio ir en bus, cuando le echamos tres candados a la puerta y nos encomendamos para que no nos pase nada.

Exigimos al gobierno de Colom que baje la inseguridad, pero no le exigimos que invierta en nuestras favelas, con escuelas, salud y empleos, pues ahí sí que no llega la mano del mercado. Tampoco le exigimos a la Municipalidad arzuista que sea ella la que invierta allí, en vez de arreglar arriates en la parte linda de la ciudad. ¿Y la ciudadanía? Cuántas vidas no cambiarían si los barrios de clase media “apadrinaran” a niños de nuestras favelas, para que vayan a la escuela y tengan un futuro. Me da vergüenza esperar de brazos cruzados a que se consigan padrinos europeos o gringos.

De verdad que somos miopes. Medellín sí apostó por invertir en sus favelas. Redujeron los asesinatos a 300 en ocho meses —¡10 por ciento de lo que tenemos acá!—. Lo logró el alcalde Fajardo en tres años, con bibliotecas, parques, cultura, educación e inversión social. Lula anunció este año una inversión millonaria en las favelas de Río. “Con salud, educación y trabajo le vamos a arrebatar esos niños a las mafias”, dijo Lula en ese momento. ¿Nosotros, guatemaltecos, vamos a regalarle esos millones de niños a la desesperanza, el narcotráfico y las maras?

La parte de trabajo puede ser incentivada con la legalización de terrenos, como propone el peruano Hernando de Soto, para que los vecinos sean propietarios y puedan pedir créditos.

La egoísta clase alta no da para soñar con cambiar el país, pero ¿qué hay de los seis millones de guatemaltecos de la clase media? ¿Cuándo vamos a darnos cuenta de que no basta con asegurar nuestro futuro económicamente? Para tener vidas saludables, seguras y plenas tenemos que hacer mucho más para ayudar a los siete millones de pobres que trabajan o quisieran trabajar para no ser pobres.

O bien podemos seguir trabajando, disfrutando de los centros comerciales y el cable en la tele, comprando carro nuevo cuando se puede o apretarnos el cincho mientras otros quisieran tener cincho que apretarse, y no se nos olvide, podemos echarle para toda la vida tres candados a la puerta.

martinpellecer@gmail.com

http://www.prensalibre.com.gt/pl/2008/agosto/12/255590.html

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