Con, Por, En


Este sea quizás el evento más importante en la historia humana hasta ahora.  Después de lo que parecía a los ojos de todo un pueblo como una simple ejecución más, en el breve espacio de 72 horas, el mundo fue testigo de lo que vendría a ser la locura más grande y más comunicada y lo que es aún más sorprendente, la más creída.  Esa locura cerró el círculo de lo que el Dios-Hombre, Jesús, vino a hacer a la Tierra, cuándo nació, vivió, murió y finalmente, resucitó.

 

Incontables millones de hombres, mujeres y niños han dado, a lo largo de los años que transcurrieron después de ese evento, su vida por esta locura, que hoy, a lo sumo, despierta algún debate, y cómo mínimo, nos mueve a comer huevos de chocolate escondidos en algún jardín por un misterioso conejo en el domingo de Resurrección.

 

Nuestra revista este mes la dedicamos a esta idea, la idea de que después de la muerte, la posibilidad de una vida nueva y renovada existe y es real.  Debemos movernos más allá de recordar la Resurrección como un evento en el mejor de los casos, histórico, en el peor, y me temo que el más generalizado, un mito que sostiene a la confesión de fe más grande del mundo.

 

Nuestra generación necesita rescatar su fe.  

 

Necesitamos movernos más allá de la idea de que el cristianismo es una vida de seres superiores a los demás, en dónde el éxito está garantizado y puede resumirse en 7 principios ó 3 pasos ó en el último bestseller de alguien que lo tiene aparentemente todo, y desconoce el clamor del corazón de quién no tiene nada.  No hay Resurrección sin Cruz. 

 

Necesitamos también salir del hoyo de la derrota de una fe fundamentada únicamente en la imagen que tenemos de un indefenso bebé en un pesebre, el horror del hombre semi-desnudo colgado en una cruz, y el rostro de la imagen de una madre que no puede con el dolor de un corazón partido al ver a su hijo sufrir en las despiadadas manos de una turba descontrolada.  La Cruz no tiene sentido sin Resurrección.

 

La locura de la Cruz va de la mano con la aún mayor locura de la Resurrección.  Aquel que dió su vida, la tomó de regreso y hoy vivimos anclados a esa esperanza de que hay algo más, algo mejor, pero que para llegar allí, debemos vivir primero aquí con humildad y fe, con los pies en la tierra y los ojos en el cielo, cargando nuestra Cruz, anhelando nuestra Resurrección.

 

Esa grande misericordia, la podemos intentar plasmar en tres verdades que dan sentido a nuestra vida.  Hoy podemos decir que Jesús está con nosotros, que va de nuestro lado, así como habitó entre nosotros durante su vida en la Tierra.  También, porque estuvo y está con nosotros, sabemos que Su Vida, Muerte y Resurrección fue por nosotros, para redimir lo irredimible, perdonar lo imperdonable, rescatar lo que estaba perdido, y amar hasta lo más despreciable.  Y hoy, luego de todo esto, y después de haber aceptado las dos verdades anteriores, podemos decir con asombro, humilidad y confianza, que El escogió vivir en nosotros, trayéndonos libertad, guiándonos con la verdad, pero sobre todo, guardándo nuestras almas de los peligros de una vida que fracasa en reconocer nuestra condición sin esperanza, que no encuentra propósito en la inexplicable existencia de seres tan complicado como los seres humanos, y que día a día se envenenan con lo etéreo, lo que se acaba, lo que se pudre.

 

Mi vida sólo tiene sentido porque El dio la Suya y la tomó de vuelta, no por mi linda cara, sino porque El es Dios y Dios es amor.  No se trata de mi, pero a pesar de eso, El escogió estar conmigo, sufrir por mi, y vivir en mi.  Esa es la fuente de mi esperanza y la razón de mi existencia.

Emergente en Agosto


El 8/8/8 Vamos a sacar de nuevo la revista Emergente. El número 8 es sinónimo de renacimiento, de volver a empezar, de inicio. Algo no planeado pero muy a lo novela moderna: que la coincidencia trabaje para nosotros.

Es hora de renacer y la resurrección es la única salida a la muerte.

El 8/8/8…

Consejo editorial de Emergente

PS. Vean la nueva página… http://www.revistaemergente.com

¿Podemos parar?


Varese, Lombardia, Italia  Por cuestiones de trabajo, tuve el privilegio de viajar a la ciudad de Varese, en Lombardia, Italia.  Es sumamente curioso que siendo guatemalteco, viviendo en Brasil, extrañé desde Varese más la vida en Sao Paulo, que la chapina.  Supongo que esto se debe seguramente a qui mi vida y hogar están en dónde está mi familia, Annie, Isabella y Raquel, más que en una ubicación geográfica.

Aún así, el poder estar allí solo, me dio la oportunidad de poder reflexionar, pensar y sobre todo, observar.  Me encanta observar a las personas y los lugares que visito.  Por default, mi profesión de economista y marketero me empujan a observar incluso los supermercados en el extranjero, para tratar de entender mejor cómo vive y cómo es la gente que visito.  La observación es una herramienta fundamental, no sólo para la persona de negocios, sino más aún, para quién tenga en su corazón el ardiente deseo de transformar su mundo con el poder del Evangelio y de vivir el Reino de Dios donde quiera que esté.

Esa semana observé algo en Varese que me impulsa a invitarnos a considerar dentro de nuestos contextos particulares si somos capaces como iglesias, familias y personas de parar y reflexionar.  Conociendo el pueblo, me metí a una de las tantas capillas medievales que le dan ese toque de romanticismo medieval que vemos en las películas a los pequeños pueblos italianos.  A diferencia de lo que uno ve, por ejemplo, en Antigua Guatemala, estas capillas e iglesias no son únicamente atracciones turísticas o monumentos históricos, sino por lo que pude observar, son centros activos de vida espiritual y reflexión.  Lo digo, porque en mi caminata de lunes a media mañana, vi a gente de todas las edades entrar y tomarse entre 10 y 15 minutos para orar, pensar y reflexionar en silencio….a las 11 am!!!!  Piensen uds un poco de qué hacen y dónde están a las 11am…de un lunes….el día en que ni las gallinas ponen.  ¿Nos da tiempo, o nos damos el tiempo de pasar por una iglesia, y arrodillarnos por 15 minutos?  Tengo que ser honesto….solo de pensar en hacer eso en mi día a día, empiezo a llenar mi mente de excusas de por qué eso es imposible…..tráfico, trabajo, la hora, etc., etc., etc.

Me pregunto también si nuestras iglesias ofrecen ese refugio para que podamos entrar a cualquier hora y ya sea sentados o de rodillas, podamos poner un alto al corre, corre, y poner en orden nuestros pensamientos.  No quiero decir con esto que sea en la iglesia el único refugio para podernos esconder de la rutina y escapar por un rato, pero estándo en esa antigua capilla católica, me di cuenta de que fueron construídas con ese propósito, de llevar nuestros pensamientos y reflexiones hacia arriba…hacia Dios.  No estoy seguro si nuestras iglesias evangélicas hoy, logran eso.  De cualquier forma, esa búsqueda y sed se lleva por dentro, si tenemos claro que El mora en nuestros corazones y que depende de nosotros buscarlo, que es creo, lo más difícil antes que la arquitectura de un edificio.  Eso es lo admirable de los habitantes de Varese…hacen tiempo para ir, solos, en libertad, a buscar al Señor.  ¿Podemos hacer nosotros lo mismo?

The Media’s Attack on Masculinity


Tomado de la nueva revista cristiana SALVO (www.salvomag.com):

GIRLY MEN

The Media’s Attack on Masculinity

by S. T. Karnick

The tendency of the nation’s schools to suppress boys’ natural way of seeing and doing things, brilliantly documented by Christina Hoff-Sommers in her 2001 book The War Against Boys: How Misguided Feminism Is Harming Our Young Men, is becoming increasingly evident in the culture.

According to Hoff-Sommers, programs in America’s public schools are set up to obliterate all that is masculine and establish femininity as the human norm:

 

This book tells the story of how it has become fashionable to attribute pathology to millions of healthy male children. It is a story of how we are turning against boys and forgetting a simple truth: that the energy, competitiveness, and corporal daring of normal, decent males is responsible for much of what is right in the world. No one denies that boys’ aggressive tendencies must be checked and channeled in constructive ways. Boys need discipline, respect, and moral guidance. Boys need love and tolerant understanding. They do not need to be pathologized.

Hoff-Sommers goes on to note that “it’s a bad time to be a boy in America. . . . Routinely regarded as protosexists, potential harassers and perpetuators of gender inequity, boys live under a cloud of censure.” The school curricula, she observes, are skewed toward girls’ strengths and away from those of boys. That’s why classes emphasize word problems in math class and writing essays in science class, for example.

Boys mistreated by our educational system must advance into society and try to become men, having been taught to disrespect masculinity and suppress it in themselves. One obvious coping mechanism is for males to act more sensitively, making a determined effort to “share their feelings” and be less aggressive and competitive.

Hence a recent Associated Press story describing how TV’s new primetime schedule “puts the softer side of men on display”:

 

In a number of broadcast ensembles premiering this fall, men are opening up about issues beyond sports, money, power and sexual conquests. They’re expressing their feelings—often to other men—on fatherhood, intimacy and love.

The AP story goes on to quote Nicole Vecchiarelli, entertainment director of the men’s lifestyle magazine Details, as saying of today’s men, “now it seems they can, on the inside, feel a little bit more like girls and that’s still OK.”

The central characters of the new ABC show Big Shots exemplify this elevation of emotions over achievements. These men are the heads of four big corporations, and the hook is that although their businesses are doing well, their personal lives are a mess. One is enormously henpecked, another is divorced and has a young-adult daughter who openly hates him (or seems to), another is distressed by the close friendship between his wife and his mistress, and the other’s wife has been cheating on him with his boss.

Get the irony? At work they’re Masters of the Universe, but in the social realm they’re ineffectual schlubs. Women can do whatever they want to them, and the men can’t find a way to get control over their personal lives. They spend much of the program discussing their feelings about the terrible things that are happening to them.

These otherwise powerful men show that no man is safe from the myriad humiliations women and life in general are apt to heap upon them. A Salon.com article summarized the depiction of men in the current TV season as follows:

 

There are guys whose wives cheat on them, whose girlfriends get promoted over them, whose mates make more money than they do; guys who get left out of baby-making, who date women with penises and at least one who gets anally raped by a monkey.

That last instance occurs in the ABC comedy Carpoolers. Similarly, in the pilot episode of the CBS sitcom The Big Bang Theory, two brilliant scientists are “pantsed” by their attractive neighbor’s angry ex-boyfriend and spend the next couple minutes of screen time walking around in their briefs. When attempting to gain entry into a locked apartment building, they are outsmarted by two 8-year-old girls. In the pilot episode of Big Shots, the divorced man (Dylan McDermott) explicitly ties the men’s sense of powerlessness to a social trend toward the feminization of males: “Men—we’re the new women.”

Naturally, if men are the new women in today’s culture, “Women are the new men on TV,” as the aforementioned Salon.com essay noted:

 

When you turn on your television this fall, you’ll be watching more women kick more ass than you can possibly imagine—physically, economically and sexually. Hard-bodied and smart, rich and aggressive, confident and independent, the chicks who populate the prime-time lineup are being cast in roles that once belonged almost exclusively to men. These broads are cops and lawyers and masters of the business universe. . . . Julianna Margulies will star as a nasty Nancy Grace knockoff, Angie Harmon as a police lieutenant, Lucy Liu as a publishing executive, and Patricia Heaton as a news anchor; there’s a new Bionic Woman and a whole show about the world’s leading incubator of the future, The Terminator’s Sarah Connor. The flinty Cagneys, Laceys, Murphys and Buffys of yore aren’t the exceptions in the new TV season; they rule.

The same trend is evident at the movies. We have the vigilante killer played by Jodie Foster in The Brave One, the ferocious female zombie-killer played by Milla Jovovich in the Resident Evil films, the werewolf hunter played by Kate Beckinsale in the twoUnderworld movies, countless machinegun-toting female police officers of extraordinary fierceness in all sorts of action movies, and the increasingly common occurrence of female characters punching men in the face, especially in comedies. As these cultural products indicate, and as Hoff-Sommers notes, masculine behavior is acceptable as long as the person engaging in it is not actually male.

Of course, something as natural as masculinity cannot be completely eradicated except by exterminating every man in the world, and thus many young men rebel against their indoctrination, consciously or otherwise. The culture is thus also replete with both real and fictional males who take masculinity to decidedly unattractive and even dangerous extremes.

Consider, for example, the brutish ex-boyfriend in the pilot episode of The Big Bang Theory, the Russian thugs at the center of the film Eastern Promises, the foul-tempered chef Gordon Ramsay on FOX’s Hell’s Kitchen and Kitchen Nightmares, and the misogyny and glorification of violence in current hip-hop music. Real-life sports heroes are increasingly being arrested for drunken driving, drug possession, physical assaults, and in the case of former Atlanta Falcons quarterback Michael Vick, running a dog-fighting ring.

Even roughnecks such as these, however, are subject to cultural education into the joys of femininity. The hero of the movie The Game Plan, an NFL quarterback played by hyper-muscular Duane “The Rock” Johnson, is narcissistic, arrogant, egotistical, and selfish—both on the field and off. Only after dancing in a ballet and being reeducated by his 8-year-old daughter, his sister-in-law, and the daughter’s dance teacher does he finally win a Super Bowl ring. In today’s culture, women even make the best football coaches.

Other men respond to the cultural denigration of masculinity by simply trying not to grow up at all. This, too, is evident in pop culture. Writing in National Review Online, Justin Shubow notes that “porn-addicted, video-game-playing man-children are the subject of so many recent comedies like Knocked Up; The 40-Year-Old -Virgin; You, Me, and Dupree; and Failure to Launch. Not having been effectively socialized into masculinity, adult males have become less manly but more boyish.”

The central characters of the new TV programs Chuck and Reaper are afflicted with just such a Peter-Pan syndrome. Chuck Bartowsky (Zachary Levi) is a young man of positively stunning ordinariness who works at a Buy-More store, fixing computers and cell phones and being bullied by a jerk coworker who has the inside track on the open assistant-manager job. The two main characters of the new CW series Reaper are college-age (though not college-attending) males who work at their local big-box retail store. Although one is definitely intelligent enough to go to college, he has low self-esteem and little ambition and so decided not to. He spends his time hanging out with his friends and wishes he had the nerve to make a date with an attractive female coworker.

Thus, the war against boys seems to have created three main character patterns for the adult male of our time: sensitive guys who want to please women; weenies and dorks who want only to be left alone to drink beer and play video games with their dork buddies; and thugs who, in rebellion against their unnatural education, are perpetually concerned with proving their toughness through increasingly loutish behavior. There are, of course, examples of decent, positively masculine males in the culture, but they are becoming increasingly overwhelmed by the products of educational and cultural feminization.

The fact is that people learn what you teach them. And the consequences of the war against boys—and the broader social war against masculinity in general—are increasingly evident in both the culture and the world at large. We should hardly be surprised that the results are anything but pretty. •

http://www.salvomag.com/new/articles/salvo4/4karnick.php